Guerras culturales en Cataluña II: la redefinición del catalanismo

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Publicado originalmente en Ctxt.

Barcelona | 21 de Octubre de 2016

Este artículo fue escrito este jueves 20 de octubre. De madrugada, después de que la estatua de Franco descabezada sufriese nuevos ataques durante el día, fue derribada por varias personas. Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, ha anunciado que los ataques y la posterior destrucción de la figura se recogerán en la misma exposición de la que forma parte, que quiere hacer una reflexión sobre las vicisitudes de los monumentos urbanos y su utilización política. También dijo que esta destrucción “no estaba prevista”.

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La escultura ecuestre de un Franco sin cabeza, que forma parte de la muestra inaugurada el lunes en Barcelona, apareció cubierta de pintura y grafitis a la mañana siguiente. Desde el mismo día del montaje se ha convertido en un lugar para practicar el lanzamiento de huevos y fruta –en concreto se han encontrado restos de caquis y tomates–, así como para la colocación de esteladas y otros objetos como una muñeca hinchable. Mientras que los materiales orgánicos se limpiarán cada mañana, el Ayuntamiento ha dicho que no se ocupará de la pintura.

El día de la inauguración de la exposición Franco, Victoria y República: impunidad y espacio urbano –y aunque se realizó el acto el día que el Museo del Born está cerrado al público– no se pudo evitar la protesta. En la entrada se produjo una escaramuza cuando un grupo de unos veinte miembros de las juventudes de ERC intentaron irrumpir en la sala donde hablaba el teniente de alcalde Gerardo Pissarello. Entre cánticos de Els segadors –el himno de Cataluña–, los manifestantes gritaron contra los representantes institucionales, incluidos algunos miembros de organizaciones antifranquistas como la Asociación Catalana de Expresos Políticos o el Amical de Mauthausen –que reúne a las víctimas del nazismo en España–, a los que llegaron a llamar fascistas.

Las juventudes de ERC y las de PDC –antes CDC– exhibieron pancartas con los lemas: Fuera el franquismo de la calle y Franco ni en el Born ni en ningún sitio. Ambos partidos, desde que se filtrase a la prensa el contenido de la muestra el agosto pasado, ya habían presionado para que no se realizase la exposición. Estos días se ha desatado una tormenta de declaraciones. Hasta la portavoz del gobierno de la Generalitat de Junts Pel Sí –CDC más ERC e independientes–, Neus Munté, ha calificado la muestra de “grave error” porque hiere “los sentimientos de mucha gente” y, además es puramente “estética”, dice, a diferencia de la proposición de ley del Parlament que han aprobado esta misma semana junto con otros grupos para anular los juicios sumarios del franquismo. En la misma línea argumental, ERC ha lanzado una dura campaña en redes en contra de la exposición en la que acusa al gobierno de Colau de “volver a sacar las estatuas franquistas a la calle”. Mientras que el grupo municipal de PDC –todavía CiU– se ha quejado, a través del concejal Jaume Ciurana, de “la voluntad del gobierno Colau de desvirtuar el Born y lo que representa como memorial de la derrota de 1714”. De esta manera, confirma que en el corazón de esta polémica también se encuentra el destino del Museo del Born como memorial, hasta hace poco únicamente destinado al homenaje del 1714 –fecha en la que Barcelona fue arrasada por las tropas borbónicas en las Guerras de Sucesión– y que ahora Barcelona en Comú quiere destinar a otro tipo de exhibiciones. “En este país tenemos dos fechas traumáticas que son 1714 y 1939 (…) que nos enfrentan con la destrucción que padeció una parte, no olvidemos, una parte, de la sociedad”, explica Manel Risques, comisario de la exposición, que remarcó que, antes de este gobierno, el Born “olvidaba totalmente 1939”.

En esos parámetros de qué memorias puede representar un sitio emblemático para los nacionalistas se desenvuelve esta polémica. Tanto la noche electoral de JxS durante las elecciones autonómicas, como la de ERC en las estatales, se celebraron allí. (Aunque también se han acogido desde desfiles de moda hasta una cervecería de carácter permanente.) Así que lo que realmente molesta son los temas relacionados con la memoria histórica y, sobre todo, con la del franquismo. Lo que está en juego es una guerra cultural por los símbolos que dan forma a la nación catalana y quién va a ser capaz de dirigir su significado y, por tanto, ser capaz de articular la tan ansiada hegemonía dentro del espectro que se considera central –el de las clases medias catalanistas–, que todos quieren llevar a su molino y que son las que principalmente votan en las elecciones autonómicas y las menos afectadas por la abstención.

Esto ocurre en un momento de radicalización independentista que ha movido las coordenadas de lo que hasta entonces había sido el universo simbólico moldeado por el catalanismo pujolista hegemónico. Este universo se está desplazando y el espacio político de En Comú Podem tiene un proyecto de catalanismo propio en disputa con ERC y CDC. Así, el líder de En Comú Podem Xavier Domènech ha hablado recientemente de recuperar los significantes progresistas del catalanismo, lo que él llama un “catalanismo popular”, alejado de la patria noucentista de raíz burguesa, y emparentado con la lucha por la soberanía catalana y con las batallas políticas del resto del Estado y de Europa. Una construcción nacional que se apoya en una memoria republicana y antrifranquista.

Si no se sitúa el tema en estas coordenadas, es difícil entender el alcance de la polémica por la exhibición de una escultura que, recordemos, pese a ser la de Franco, no tiene cabeza –fue robada de unos almacenes municipales tras la furtiva decapitación, supuestamente para ser vendida–. Además, esta escultura integra una instalación junto con otra figura, La Victoria, de Frederic Marés y una pieza de madera que simboliza la sombra de una escultura de La República –realizada por Josep Viladomat–. La original está en una plaza de Nou Barris que el gobierno de la ciudad recientemente rebautizó como Plaza de La República. Una escultura que, además, el Ayuntamiento pretendía devolver a su emplazamiento original en la encrucijada de Diagonal con Passeig de Gràcia, que es precisamente uno de los conjuntos monumentales centrales de los que trata esta exposición. Un monumento que primero fue republicano y luego franquista, pero cuyos símbolos franquistas tardaron en ser eliminados –la propia Victoria ahora expuesta no fue retirada hasta 2011–.

Estas peripecias monumentales constituyen el tema de la exposición. Con las historias de las dos esculturas antes, durante y después del franquismo, en el interior del museo se traza un relato coral, donde a través de paneles, fotos, películas y textos se explica la relación de estos símbolos urbanos con la ciudad y con los distintos regímenes políticos. Difícilmente un relato tan plural puede leerse como apologético del franquismo, ni siquiera por la realista cabeza de cera de Franco que preside el conjunto. Esta muestra, además, está apoyada por otra, Esto me pasó, sobre la tortura durante el franquismo, contenida simultáneamente en el mismo museo.

A la Gran Coalición nacionalista que gobierna Cataluña no le ha gustado la exposición, pero hay que decir que al PP y C’s, tampoco, ya que consideran que la muestra reabre “heridas pasadas”. El presidente del grupo municipal del PP, Alberto Fernández Díaz, ha afirmado que Colau está alentando el “guerracivilismo”. Mientras, la Fundación Francisco Franco declaró que denunciará al Ayuntamiento por la decapitación que ha sufrido la estatua del “estadista español más importante desde los Reyes Católicos”.

Guerra de símbolos

No es la primera vez que Barcelona en Comú se bate –o se embarra– por los símbolos. Venidos de una cultura movimentista que sabe hacer campañas comunicativas, dominan “el relato” como parte central de su forma de hacer política y guardan escasa deferencia por los iconos sobre los que se asientan los consensos del régimen del 78. Así, una de sus primeras acciones tras la toma de posesión fue la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos, que han rebautizado también: de Reina Maria Cristina a alcalde Pi i Sunyer –figura capaz de contentar a un tiempo a los progresistas y a los catalanistas del consistorio–.

Pero lo que está levantando ampollas estos días, además de la exposición, es la retirada de una placa en una escultura de homenaje a los Juegos Olímpicos de Barcelona, que estaba en el vestíbulo del Ayuntamiento. En ella se indicaba que la obra –que representaba una bolsa de deportes con la antorcha olímpica– fue una donación de Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico, marqués y declarado franquista. Samaranch, perteneciente a las más insignes familias de la burguesía catalana ha conseguido la unanimidad de PP y CiU –el PDC municipal–, que están reclamando la restitución de la placa. Al tiempo, votan juntos en el Parlament a la hora de preservar otros intereses de clase, como son el mantenimiento de las ayudas millonarias a escuelas del Opus que segregan por sexos.

Mientras, cientos de monumentos y símbolos franquistas de Cataluña, a los que no alumbran los focos mediáticos, permanecen en sus emplazamientos originales. Incluso algunos defendidos con saña por convergentes como Ferran Bel, alcalde de Tortosa, que convocó una consulta sobre si mantener el monumento franquista de esta localidad e hizo campaña a su favor. Y la ganó.

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