Sobre el Procés: En respuesta a David Fernàndez

Escrito a dos manos junto a Emmanuel Rodríguez López (@emmanuelrog) en respuesta a la carta de David Fernández escrita a los autores tras la publicación en eldiario.es del artículo Pablo Iglesias o el nuevo Lerroux. Publicada originalmente en Madrilonia el 7/01/2015.

Querido David:

No es habitual que quienes trabajan en política institucional entren en discusiones políticas como esta, que tiene como escenario un blog de movimiento como Madrilonia. Tampoco es habitual que un político ejerza mediante una posición sostenida desde la base, como portavoz de una organización, y que la militancia, pura y dura, siga siendo su forma de vida. Por eso para nosotros eres un compañero –con todas las diferencias que se quiera–, compañero de los que aquí escriben y de este medio. Nos gustaría que tu ejemplo no fuera una excepción, sino la regla de la nueva política democrática que hoy se reivindica por doquier. Aunque quizás esto sea mucho desear 😉

Como esta carta es pública y a fin de no perdernos en cuestiones normativas, conviene recalcar que estamos con el derecho a decidir o más claramente con el derecho de autodeterminación en todas sus expresiones. Lo que dudamos, y trataremos de explicarlo, es que el Procés vaya a tener una resolución en la clave emancipadora, que tanto tú como el independentismo de izquierdas defendéis. Es aquí donde está la discusión, dentro de la propia sociedad catalana, en sus fracturas y divisiones internas, entre los distintos sujetos sociales y políticos que la componen. Por eso se trata sobre todo de una discusión sobre estrategia y apuestas políticas, y no una discusión ideológica o normativa –sobre lo deseable o lo que debiera ser–.

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1. Las clases y los actores políticos.
Una primera apreciación sobre lo que llamas “popular”, y que en el fondo corresponde con una cierta imagen de lo que es el “pueblo”. Se os ha criticado, a nuestro parecer injustamente, que sois un partido de estudiantes y jóvenes profesionales. A juzgar por las encuestas y por el perfil de una parte importante de vuestra militancia este es vuestro nicho social principal. Esto puede parecer una acusación, no pretende serlo. No obstante, muestra algo que merece la pena discutir, y que tiene que ver con los actores sociales hoy en juego. Quienes te escribimos pertenecemos a esa misma condición de cooperativistas y mileuristas eternos, que tú mismo reivindicas. Formamos parte de un sector precario pero con altos niveles de formación , que generalmente ha pasado por la Universidad o por estudios “post-obligatorios”; y que al mismo tiempo ha sido desplazado de las posiciones institucionales y profesionales que por edad y formación le “corresponderían”. Se trata de una de tantas expresiones políticas de una clase media en descomposición que no tiene asegurada ya su reproducción social.

Parece que este es el segmento social que hoy está en el centro del maremoto político. Se trata del mismo segmento generacional y de clase que de una u otra forma protagonizó el 15M, que empujó los movimientos sociales y en el que se juega –en una medida mayor de lo que parece– las posibilidades del cambio, tanto en Catalunya como en el resto de Europa Sur.

Este marco “sociológico” matiza mucho el término “popular”, al menos cuando se reclama de los segmentos sociales que se han politizado y han pasado a dar forma a los movimientos sociales… Seguramente encontrarás una decena de contraejemplos asociados a las CUP, conocemos algunos, pero creemos que esto no cambia su trazo social mayoritario, así como de los proyectos en los que nosotros mismos participamos. Las CUP, al igual que lo que recibe el nombre de “movimientos sociales”, responden a un proceso interesante de formación de clase –de un actor político nuevo– a partir de una realidad social en cambio –la descomposición de las clases medias–. A las CUP se os respeta y admira precisamente por haber sido capaces de dar una expresión política y organizativa a este segmento social, organizado en los movimientos sociales –juveniles, centros sociales, etc.–.

Sea como sea, preferimos el término 99% –también antes que el de “ciudadanía”– para referirnos a la nuevas alianzas sociales (“populares”) que pueden componerse en un proyecto de ruptura. La ventaja de este “hallazgo” del 15M es que no plantea de partida qué actores sociales pueden prefigurar este proyecto. Sabemos sólo que estas “clases medias politizadas” forman parte del mismo, la parte más activa si quieres, pero no un proyecto de totalidad, o de “pueblo”.

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2. Los barrios: qué fue de la clase obrera
Casi podríamos decir que es un resultado de aceptar el punto anterior. El problema de construir la alianza del 99 % es que no sabemos quiénes son, y sobre todo, qué quieren nuestros inmediatos aliados. No es un problema catalán, se da en toda Europa; en otros lugares donde no ha habido 15M la situación es más grave. Es el caso de Francia, donde el principal partido obrero es la extrema derecha. Por eso, la virtud de Podemos es la de, primero, señalar que esa incógnita existe en Catalunya y, segundo, darle una primera forma política.

Hablamos de un espacio social que no ha tenido una expresión política relevante– o sea, autónoma– en Catalunya desde la disolución del PSUC. Para decirlo claramente, no ha habido partido obrero en Catalunya, tampoco en España, desde principios de los años ochenta. Y no lo ha habido porque sencillamente la clase obrera se desdibujó y desapareció en aquellos años, lo que  está asociado a la crisis de la izquierda que señalas. Desde entonces, este inmenso agujero social se ha decantado por la abstención, la enajenación política o el desencanto. Cuando decimos que no ha tenido espacio en la sociedad civil catalana, nos referimos a que no lo ha tenido en términos gramscianos, esto es, entendiendo por sociedad civil lo que hay de Estado fuera del Estado –la organización del régimen más allá del Estado–. A no ser que acotemos su representación a un sindicalismo menguante, y las más de las veces integrado.

Te insistimos, no es un problema catalán, es un problema general, pero un gigantesco problema. Y con ello no estamos diciendo que este segmento –los restos de la clase obrera– sea homogéneo, según una imagen tópica: urbano periférico, castellanoparlante, no integrado. De todos modos, los datos –de sobra conocidos– nos dicen que desde 2012 la penetración del independentismo entre las gentes que identifican el castellano como lengua propia está bloqueado, y lo que es más importante, que se ha intensificado la correlación entre lengua de los medios de comunicación que se consumen y la opción de voto–CiU, ERC y las mismas CUP ven de TV3– mientras los demás partidos se corresponden con una pluralidad de canales. Esto no quiere decir que TV3 –conocida por su falta de pluralismo– trate especialmente bien a las CUP. De todos modos, como resultado de lo uno y lo otro, parece que se estuvieran formando dos sistemas políticos distintos, uno para cada comunidad –da apuro escribir la palabra, pero empieza a ser pertinente– lingüística. La especialización de CiU y otros partidos como ICV en la “Catalunya de TV3” – que es la que vota en las elecciones catalanas y por tanto de la que depende en buena medida su suerte–, al tiempo que la volatilización del PSC, sustancian materialmente esta emergencia de dos sistemas políticos diferenciados. ¿Cuánta estupefacción acerca de Podemos en Catalunya tiene que ver con la aparición de un sujeto político que nadie esperaba donde lo que se produce fuera de un cierto circuito mediático no está en el radar de los enterados?

Sin duda estas fronteras de identidad y lengua vehicular no operan de forma sencilla y, merecen algo de más estudio y detalle que el que permite esta carta. También es cierto que la identificación entre la vieja clase obrera del desarrollismo franquista y la inmigración “extracatalana” debe ser matizada por la pervivencia de un proletariado catalanoparlante que no ha experimentado una movilidad social ascendente desde los años ochenta. En cualquier caso, conviene reconocer que este inmenso sector social (con independencia de su adscripción lingüística) no está presente mayoritariamente en el Procés, no participa en el mismo, quizás no sea hostil, pero no le interesa, y recalcamos “mayoritariamente”. Pensamos que Podemos en Catalunya representa una expresión primera y progresiva de al menos una parte importante de lo que fue la clase obrera. ¿Quiere decir esto que Podemos va a ser el medio de organización popular de los viejos barrios obreros? Seguramente no, pero lo increíble es que les ha dado, por primera vez en treinta años, una existencia propia –de ruptura, anti-régimen– en un terreno, en principio tan superficial como la representación en las encuestas electorales. No nos cabe ninguna duda que la línea a medio plazo, es la autoorganización y que, por ejemplo, el movimiento por la vivienda –PAH y Stop Desahucios, en el que la CUP está muy presente– ha avanzado en este terreno más que nadie. De hecho, este movimiento ha dado carne, por primera vez en términos concretos, a esa alianza social entre los segmentos sociales que encarna el “activismo” y esa gigantesca incógnita social.

3. La transición catalana, la hegemonía de la “izquierda” y el catalanismo.
Es sabido que la sociedad catalana se autoidentifica de izquierdas –de hecho como la más de izquierdas de todas las poblaciones europeas según las encuentas– al tiempo que acostumbra a elegir gobiernos conservadores y neoliberales. Paradójico ¿no? A nuestro juicio esto es un reflejo del marco hegemónico de la Transición catalana, de la Cultura de la Transición local. La especificidad de la Transición en Catalunya es que esta se hizo sobre la misma derrota que ocurrió en el resto del Estado –la de las luchas obreras y los emergentes movimientos sociales– en un marco institucional y partidocrático, que garantizaba la estabilidad y la propiedad de las élites de siempre, también las catalanas. En Catalunya este marco se impuso, definitivamente, con la derrota de socialistas y comunistas en las elecciones de 1980, de la mano de un renovado nacionalismo conservador que, con Pujol, consiguió lo que ninguna otra fuerza conservadora pudo hacer en el resto de España –salvo quizás el PNV–: reivindicar el “antifranquismo”, que hasta entonces era patrimonio y campo político de la izquierda. Las élites locales –élites también durante el franquismo– se identificaron entonces como demócratas y antifranquistas, asociando estos valores a los del catalanismo conservador, renovado por un largo proceso de depuración en el que Pujol fue uno de sus principales artífices. Esto no quiere decir que no hubiera otros catalanismos –populares, radicales–, sino que el catalanismo fue hegemonizado por este segmento de las élites reunidas entorno al pujolisme. Lo central de este argumento es que la izquierda catalana no fue capaz de ofrecer ninguna alternativa a esta hegemonía, quedó sumergida en la autocomplacencia de ver representados muchos de sus símbolos en los marcos institucionales, de ser integrada también como clase política –especialmente el PSC– y de haber quedado derrotada al margen de los dos grandes partidos.

Reivindicas en tu carta una memoria del PSUC que se asemeja mucho a la de Pujol. Así lo expresa en sus Memorias, sin que apenas esconda un desprecio profundo a los comunistas: el PSUC contribuyó a “hacer pueblo”, contribuyó a integrar a la inmigración. Pero casi podríamos decir lo contrario, el PSUC, y su papel en Comisiones Obreras fue –al igual que el del PCE en el resto del Estado– el de confirmar los pactos de la Constitución y de la Moncloa. Con ellos contribuyó a sepultar el contrapoder obrero, que tumbó de forma real al franquismo, sin poder imponer otro marco democrático distinto. En parte, fue su pactismo lo que impidió el paso a la radicalidad obrera, y a otras alternativa como el efímero, pero aún así sorprendente, proceso de reconstrucción de la CNT catalana.

También compartimos contigo en que es mérito de las CUP tratar de ampliar los límites del marco hegemónico en Catalunya dentro de sus propios términos: dentro del catalanismo y dentro de la izquierda. La cuestión es si esta es una ruptura suficiente, sobre todo para componer las alianzas sociales que hoy se requieren. En esta línea, tienes también razón; nunca se había hablado tanto de anticapitalismo en Catalunya –tampoco en Madrid, ni probablemente en Grecia– ahora, que esto sea consecuencia del Procés y no una mezcla de crisis económica y desligitimación del sistema, quedaría por demostrar.

1 4. El Procés
En su origen está, como señalas, un impulso popular que las CUP protagonizan con las primeras consultas en Arenys y otras poblaciones. No sabemos, sin embargo, si los tres compartimos el hecho de que a partir de noviembre de 2011, este ha sido además el medio en el que el régimen catalán de CiU ha encontrado para renovarse. La discusión sobre quién será la parte que finalmente protagonizará el Procés, decantándolo ya sea hacia el lado de la independencia –la ruptura constituyente– o la “regeneración de las élites y del régimen” –aun con independencia–, es visceral y demasiado emocional. Y sin embargo, es imprescindible entrar en este debate. Entendemos cuál es la vía de las CUP, pero no nos creemos que sea posible.

El Procés se ha jugado, en términos simbólicos sobre la base de que los problemas de Catalunya son provocados por España, y no consecuencia principalmente de una crisis del capitalismo financiero europeo, en connivencia con todas las oligarquías europeas –todas, incluida la catalana–. La base social del Procés es que estos problemas se solucionarán más fácilmente con la independencia. Recalcamos que este no es el discurso de las CUP, que ha estado en las luchas contra las privatizaciones y recortes: las CUP han sostenido firmemente ese Procés, por motivos nobles, sin duda, pero sin poder imponer otro contenido diferente del mismo. El problema de sostener ese proceso, más allá de los abrazos, implica fotos y gestos de unidad, y hegemonía discursiva en los medios. Todo ello ha sido patrimonializado por un líder, Artur Mas, que de momento se muestra capaz de capitanear un proceso interclasista… en pleno programa de recortes y privatizaciones.

¿Por qué ha supuesto una irrupción tan sonada la de Podemos en este panorama? Porque interrumpe esta hoja de ruta que implica esperar a la “independencia” para poder hablar de la “cuestión social”, que aparentemente tiene que ir necesariamente desligada del Procés para que este funcione. Y de nuevo reiteramos que no es una apuesta buscada por las CUP, y de su continua batalla en los movimientos contra los recortes y privatizaciones. La cuestión es que, queráis o no, operáis en este marco, un marco en el que carecéis de la fuerza social para poner las reglas, porque las reglas de este juego no las ponen las organizaciones de base sino los “hombres de estado” como Mas. Véase por ejemplo el análisis de Xavier Domènech al respecto.

Dirás que el Procés es más que CiU. Evidentemente, pero que los réditos políticos lo recogen ellos es casi indiscutible. Tras el 9N, CiU remonta en las encuestas, reviviendo un cadáver político que hace tiempo podría haber caído sin el marco incomparable del Procés. Si hay una mayoría de ruptura no sólo con el Estado, sino con el modelo económico y de forma profunda, con el régimen del 78, esta se tiene que construir con alianzas que no pongan detrás la “cuestión social” –como hace el Procés–. En este sentido, el pacto debería ser antes con ese espacio social que Podemos parece tocar que con CiU.

En este sentido, nuestro soleturismo no es superficial, sino más bien madurado y profundo. Quizás no haga falta insistir, que hacer este análisis ni quita ni pone a que haya existido, obvio, un catalanismo popular en el federalismo republicano y en la CNT catalana. Lo interesante es observar que este siempre fue culturalmente distinto y con consecuencias políticas muy diferentes a las del catalanismo de la burguesía o incluso de las clases medias.

Por último, sólo un par de apreciaciones, lanzadas con ánimos de discutir desde la propuesta y la simpatía.

5. La estrategia
Quizás presupongamos mucho, y te ruego nos corrijas en futuras ocasiones. Vienes a decir: allí donde la cuestión nacional no se ha decidido, la cuestión social no se resuelve con las sencillas oposiciones de abajo /arriba, izquierda / derecha. En cierto modo, jamás se resuelve con oposiciones de significantes. De todos modos, rezuma aquí también algo que merece la pena discutir, y creemos informa el núcleo íntimo de vuestra estrategia, que podríamos resumir en el esquema tercerinternacionalista con el que abordáis la cuestión nacional. Más o menos este se resume en una secuencia parecida a: primero, la alianza con la burguesía y las clases medias, (la alianza popular democrática), contra la oligarquía y el imperialismo; luego, la república socialista resultado de la lucha popular contra los segmentos burgueses. La cuestión es si tal modelo funciona dentro del Estado español, que viene siendo más bien una pieza delegada de la UE en materia de política económica (un espacio antes de gobernabilidad que de decisión). Tampoco la UE es un imperio a la vieja usanza, cuanto una arquitectura de mando de las élites neoliberales con consecuencias irreversibles en la división interna del trabajo a nivel continental.

A nuestro parecer, esta estrategia falla en lo fundamental y es que no corresponde con las sociedad de clases medias en descomposición que es Catalunya. En primer lugar, lo que haría las veces de “proletariado” (los trabajadores precarios de los servicios, lo que queda de la clase obrera, etc.) constituye como decíamos una inmensa X política, que es en su mayoría indiferente a la alianza nacional popular que pretendéis. Las burguesías están divididas como bien decías (aquí una explicación con Isidro López de cómo leemos esas divisiones y a qué lectura de economía política responden), pero lo normal es que acaben respondiendo al ápice del cual dependen: justamente el sector globalizado y más conectado con las oligarquías española y europea. Las clases medias son en última instancia timoratas y dependientes. El único sector de ruptura (de esa clase media en descomposición que quiere ser sujeto político) sois vosotros, las CUP. Lo “normal” es que al final seáis la pieza sacrificada. Desgraciadamente, el abrazo de Mas, quizás no sea tanto que abrace el anticapitalismo, como decías, sino que lo neutralice, con una algo así “vamos que no sois ni tantos, ni tan radicales” 😉

Lo que decimos sobre el (los) proceso(s) constituyente(s) a nivel de Estado no tiene nada que ver con esperar a Madrid, sino con una pura relación de fuerzas. Se trata de anudar frentes de ruptura en distintos territorios y espacios sociales para que estos se puedan dar. Hay en Bildu algunos que observan de una forma parecida a Podemos, como una posibilidad de desatascar una situación política bloqueada y que a ellos mismos les conduce a la integración institucional. El último euskobarómetro, como sabrás, igualaba a Podemos casi con el PNV, recogía además un tercio de los antiguos votos de Bildu. Esto no da evidentemente un cheque en blanco a un partido tan reciente y poco determinado como Podemos, pero señala que hay un inmenso espacio político de ruptura abierto, que surge tras el 15M, y que hoy puede tener expresión electoral. Falta la organización, el proyecto, la capacidad de fabricar contrapoderes reales, pero algo importantísimo ha cambiado.

Citabas a Fontana. Como sabes el mismo dijo “sólo hay independencia con guerra de independencia”. No creemos que sea faltar a nadie, afirmar que en Catalunya no parece que haya un frente suficientemente amplio con tal voluntad de enfrentamiento real y decidida. Los giros del CEO, la celebración de la consulta, parecen avanzar el próximo avance de la reforma constitucional, la regeneración del régimen precisamente en el punto que, paradójicamente, puede resultar más fácil: el modelo territorial, vía un pacto entre élites.

26. El soberanismo, el pueblo, la metrópolis
Quizás el punto más fuerte de discrepancia está en la imagen de la sociedad catalana. La apuesta por la retórica del pueblo es siempre unificadora en algún punto (la lengua, la etnia, o al menos una determinada identidad compartida por abierta que sea). Hay algo aquí que es apreciable, y que valoramos, algo que incluso se puede reconocer en Pujol. Es el “hacer país”, el “trabajo por el país”. Nuestra diferencia reside en que esta retórica siempre deja un “afuera” más o menos grande y que no sólo no se integra porque no pueda, sino que a veces porque legítimamente no quiere. Se trata de una tendencia que se abre con las sociedades industriales, en paralelo y como reacción a la propia construcción de los nacionalismo en el siglo XIX.

Catalunya es, sin duda, muchas cosas, algunas de ellas corresponden con la retórica del pueblo o la nación. Otras a duras penas. Quienes te escriben son de los que se quedan fuera, de la retórica española pero también de la catalana. La cuestión de una política democrática hoy, en las metrópolis postindustriales (aquí sí, da igual que hablemos de Barcelona, Madrid o Berlín), es qué haces con esa multiplicidad de sujetos no integrables en una pluralidad unificable (pueblo o nación). La sorpresa con Podemos en Cat no es que recoja el voto de los españolistas, sino de aquellos que sin ser hostiles a la narrativa catalana no se integran bien en ella (a veces de forma voluntaria). El problema se extiende por todos los rincones de la inmigración transnacional, posiciones políticas radicales pero no nacionalistas, y otros muchos. Ha habido en estos años algunas tentativas interesantes, quizás extravagantes en algún punto, como la de un independentismo no nacionalista o la de una anarquismo independentista. No nos convencen pero al menos apuntan al problema.

Hay no obstante algo, que creemos compartir y que nos puede ayudar a construir alianzas a futuro. Se trata de un cierto federalismo de base, manifiesto (o al menos así lo entendemos) en el municipalismo de las CUP. El federalismo, el de Pi i Margall y Proudhom,  luego reelaborado por el anarcosindicalismo, no era tanto un método de reconocimiento nacional, como de descomposición del Estado (y con el del poder) a sus partes más pequeñas, los municipios, donde el autogobierno podía hacerse realidad. Este federalismo fue combatido por el catalanismo conservador como un disolvente de la nación catalana (también en el 78) y de su poder de clase. La peculiaridad de este federalismo es que no es “soberanista”, no necesita de un soberano, uno (el pueblo), que se dota a sí mismo de sus leyes (su Constitución), sino de una alianza social que obliga políticamente a las élites a repartir el poder (el real y el institucional) entre distintos agentes, contrapoderes o contrapartes, algunos territoriales, otros relativos a determinados sujetos sociales. Esta intuición democrática, que es radicalmente pluralista y anti-jacobina, puede resultar en la anudación de posiciones de ruptura que responden a sujetos sociales e ideológicos distintos. Desgraciadamente en Europa, esta tradición se perdió con el consejismo obrero, el anarquismo y por último en la ola post-68. Es hora de actualizarla ;).
Un neofederalismo democrático (radicalmente democrático) nos permitiría entender el proceso constituyente en clave europea y no sólo española o catalana más como una agregación de derechos y de reconocimiento de contrapoderes sociales, que como una serie de Constituciones nacionales y federadas. Nótese bien: más derechos y contrapoderes, más subsidiariedad y autogobierno, que organizaciones nacionales al servicio de élites nacionales (también culturales y políticas, en términos de representación).

7. El anticapitalismo y el modelo territorial
Es una de las señas de las CUP reivindicarse anticapitalistas e internacionalistas. Y es también mérito vuestro el no apuntar a las balanzas fiscales (el expolio de Catalunya) como uno de los argumentos en favor de la independencia. Ahora bien, uno de los retos del anticapitalismo es que se hace con el capitalismo real, que es global, y que opera siempre sobre las ventajas que le ofrece una geografía desigual que continuamente reproduce y amplía. En cierto modo, el debate de las balanzas es interesante, cuando estas incluyen todos los conceptos que conforman la geografía real del capitalismo global, esto es, las balanzas energéticas, de materiales, migratorias, de concentración de centros decisionales, etc… El debate desborda entonces la cuestión de Catalunya / España y se convierte en cuales son los modelos territoriales y los mecanismos de reajuste necesarios para operar a estas escalas.

Volviendo sobre Europa, el problema es qué proponemos para este espacio al que pertenecemos “sin paliativos” y del que no puedes separarte (en tanto Estado) sino como paraíso fiscal o como un territorio económico subordinado y destruido. A nosotros nos da igual que Catalunya esté al mismo nivel territorial de España. Lo que será necesario es combinar ese federalismo que prima el autogobierno y la “separación del poder hasta sus últimas partes”, con mecanismos fiscales y presupuestarios que reviertan la desigualdades territoriales del capitalismo global. Esto implica mecanismos presupuestarios, transferencias, garantía de derechos, reparto… Federalismo, en una palabra, antes que un nuevo soberanismo basado en algo tan vago como la solidaridad de los pueblos.

Ha sido un placer poder iniciar este debate contigo, signo también de que la política, que siempre implica el choque de ideas, vuelve a estar presente en nuestro tiempo. Esperemos que esto contribuya a lo que siempre fue una máxima de los proyectos revolucionarios, “sin teoría reovolucionaria no hay revolución”, como decía Lenin, o como gritaban los demócrata federales y luego los anarquistas “hay que trabajar la idea”.

Fuerte abrazo

Nuria y Emmanuel

PD: Una ultimísima precisión en referencia a cómo se ha leído la referencia a Lerroux. El Lerroux del que hablamos, y el que da el marco del “leurrouxismo” como espantajo político hoy, es el de 1898-1907. Es el mismo Lerroux que agita la campaña contra los “mártires de Montjuic” acusados, injustamente, por el atentado de 1896, que comparte tribuna con Joan Montseny (Federico Urales), que es amigo y cercano de Fermín Salvochea y Ferrer i Guardia, al que defiende en el proceso por el atentado de Mateo Morral; el mismo también que convierte los “clubs republicanos” en las “Casas del Pueblo” que luego tomarán como ejemplo los socialistas; y el mismo que preside el Congreso de la última federación obrera heredera de la FTRE-AIT, antes de la fundación de Solidaridad Obrera en 1907. En esos años Lerroux acerca el republicanismo a los medios obreros como no se había hecho desde los tiempos de Pi i Margall, moviliza el voto obrero de Barcelona para desbancar el turnismo de la Restauración y, a su vez, se enfrenta al catalanismo burgués de la Lliga. Lo hace todo ello con una retórica populista y maximalista, irrepetible fuera de ese periodo. Y eso es lo que convierte al lerrouxismo en un fenómeno singular y complejo, tanto como para comprender en sus filas al viejo Almirall (el antes compañero de Pi i Margall), el único de los teóricos reivindicados entre el primer catalanismo y que propiamente puede ser considerado dentro de la izquierda, por burguesa que fuera [para los interesados véanse los trabajos de Álvarez Junco y Joan Culla].  Luego, es cierto, Lerroux se domestica, se asusta ante la Semana Trágica, se enriquece y acaba por entrar en el panteón de la respetabilidad de los políticos de la Restauración, también es entonces cuando se entiende con la Lliga. Veinte años después será el jefe de gobierno en el Bienio Negro

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