¿Hacia dónde va Podemos? Clase, populismo y movimientos

El congreso de Podemos termina con una ratificación del liderazgo y las propuestas de Pablo Iglesias. Muchos medios –que habían apostado públicamente por Íñigo Errejón– ya alertan de la próxima “radicalización” del partido. Lo cierto es que las dos propuestas mayoritarias parecían encarnar en sus caras más visibles un debate que se está dando en la “izquierda” española en cuanto a las tácticas –¿o son estrategias?– que se deben guiar el ámbito institucional. Pero no sólo aquí. En EEUU, muchos analistas culpan a Clinton y al aparato demócrata por apartar a Sanders, el candidato que parecía más capacitado para enfrentar a Trump por su capacidad de llegar a los más desafectos al sistema. Mientras que en Inglaterra, Corbyn ha conseguido movilizar a un sector nuevo de jóvenes y movimientos en el seno del Labour, que empujan hacia una radicalización del partido.

¿Por qué hay una cultura política de guerra en Podemos?

“Nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad, no pudimos ser amables”. Esto escribió Brecht durante su exilio del nazismo; pero se refería a lo que tuvieron que hacer los revolucionarios en tiempos de guerra, de represión brutal contra aquellos que se les oponían. Hoy, en Podemos, el enemigo contra el que se lucha sin compromiso posible, no es el germen del fascismo contenido en nuestras sociedades en crisis o las élites que sostienen todo este entramado de desposesión. El enemigo está dentro. Son los compañeros que han compartido proyecto, manifestaciones, discusiones hasta altas horas de la noche y esa amistad particular que da la política, intensa, tanto, que puede alumbrar diferencias que se viven como traiciones irreparables y que alejan –quizás para siempre– la posibilidad del acuerdo. El acuerdo necesario para que Podemos siga siendo una herramienta de transformación y no un partido cerrado sobre sí mismo y desconectado de la sociedad en movimiento que es su única fuerza.

Dos crónicas de Vistalegre II

Pablo Iglesias entra el último en la arena de la antigua plaza de toros de Vistalegre. Va precedido por un río de cargos públicos y líderes de Podemos que ocupan las principales listas en liza en este congreso de refundación. Un congreso que se vive como una frontera definitiva –un órdago– debido al grado de enfrentamiento alcanzado en una campaña llena de golpes por debajo de la cintura.

Todavía hay partido

El parlamento llega a su paroxismo teatral estos días de pactos donde decir o desdecirse sirve para abonar acercarmientos o distancias entre formaciones, o hacer tiempo hasta que soplen vientos más favorables. Esgrima verbal, tacticismos, golpes de efecto al servicio de sacar el máximo rédito político o culpar a otros si no se llega a acuerdos: el triste trasfondo de la oportunidad de cambio más grande desde la Transición que está siendo reducida al juego de espejos deformantes de la democracia representativa.