Visita a la prisión de Yare I (Venezuela)

 

La cárcel es un cementerio de hombres vivos.

Cross-T

Fragmento de mi tesis doctoral donde explico la visita a uno de los alumnos de mis talleres de vídeo.

2.7 El código de prisión en Venezuela (Visita a Yare I)

La cárcel es un cementerio de hombres vivos.

Cross-T

Este es el relato de la primera visita a Ratablanca en prisión donde fui acompañada de su madre cuando llevaba ocho días dentro.

Prisión de Yare I, visita a Ratablanca

24 de febrero de 2008

Hay más de una hora de camino desde Nuevo Circo en camioneta. Allí suben las mujeres cargadas con bolsas, niños, comida y bebida que preparan para sus familiares y novios. Es temprano, antes de las ocho de la mañana, caras sufridas, todas saben lo que les espera, y aunque es probable que tengan ganas de ver a sus hombres, el día será duro, cruel a la vista y al corazón, humillante con los guardias, cansado por lo largo del viaje.

Vilma se pasa el viaje contándome sus preocupaciones con Miguel, lo que le cuenta el abogado, que lo tiene difícil, y que no le gustan los amigos de su hijo, la mayoría, porque “beben y se drogan y son mala influencia” y que ahora, salvo Saúl, no hay nadie a su lado.

Al llegar nos escriben un número con rotulador negro en el brazo, yo soy el 494, un cálculo por la cola y por la hora nos hace aventurar que el número de visitas puede alcanzar fácilmente las 600 más los niños. De nuevo otra cola al sol para esperar turno, y al final dos sellos en los brazos.

La cola de las visitas masculinas, es casi inexistente. Los hombres a penas visitan a los hombres en la prisión. En la cola de las mujeres se habla de las normas sobre la comida, si hay que abrir o no los panes, qué hacen con la mantequilla los guardias para saber si oculta algo… Al final, y por la disparidad de experiencias, concluimos que el proceso de requisa es, hasta cierto punto, arbitrario. Alguien explica que a una mujer le encontraron balas en la comida. Otra protesta por tanto registro:

Para qué buscarnos armas o prohibirnos traer un jersey si la cárcel está llena de las más variadas armas y drogas absolutamente a la vista.

Todas en la cola asienten, y supongo que la respuesta flota en el aire: para que sean los propios guardias los que se las proporciones. Tenemos tiempo de hablar, estamos casi una hora haciendo cola, que más los registros de la comida y los corporales nos lleva entre hora y media y dos horas entrar en la prisión. Ante la presencia de una novata como yo las mujeres se complacen en explicarme experiencias, propias y oídas –algunas entre la leyenda y la realidad–. Yo, después de oírlas, casi deseo que no lo hubieran hecho, sólo me pone más nerviosa. Sobre todo, los relatos de una señora de unos cincuenta años de pelo negro surcado de canas. Ella estuvo retenida como rehén durante once días dentro de la prisión durante un motín. Más en el ámbito de la leyenda –espero– otras cosas les pasan a las visitas. Las más horribles: un niño violado y una mujer y su hija muertas por la explosión de una granada. Cuál fue la reacción de los presos: uno de los autores de los hechos fue “picado en pedacitos de este tamaño”, explica la mujer separando un poquito el pulgar del índice. Luego me vuelve a explicar la historia de un recluso a quién cortaron la cabeza y después de arrancarle el corazón se la metieron en el estómago. Según ella, se la contó un guardia, yo ya la había oído y no me la creí, pero las organizaciones de derechos humanos cuentan historias parecidas. Cuentos para no dormir, que pueden coger forma cualquier noche inquieta en el infierno de Yare.

La mujer canosa con cara de cansada me explica que lleva nueve años visitando a su hijo.

Te vas endureciendo –comenta Vilma– para sobrevivir.

Bienvenidas a Yare

Entramos, en la puerta nos registran la comida, algunas cosas mejor que otras, no me parece imposible ocultar cosas. Después aún pasamos a unos cuartos diminutos, donde nos hacen quitarnos los pantalones, bajarnos la ropa interior y saltar y agacharnos.

Por fin dentro, Miguel hace buena cara, al menos está todo peinado con raya al lado y pelo más corto de lo que lo conocía, camisa clara y bien limpia. Es un gesto, lo hace por nosotras pero también, porque dentro de la prisión se encuentra con los evangélicos. Es la mejor forma de sobrevivir allá dentro.

La primera impresión es ciertamente impactante. Lo primero, por la cantidad de niños de visita que ocupan los columpios de la entrada y corretean de aquí para allí, como un par de niñas en bikini y descalzas que luego descubro bañándose en una piscina de plástico que el “hampa” de un módulo –los que controlan el negocio de drogas– han comprado para el día de visitas. El ambiente festivo contrasta con el número de armas a la vista, algunos pasean en brazos a los niños con la pistola en el cinto o en el pecho. Sin embargo, los guardias brillan por su ausencia más allá de la puerta del penal.

Al principio no fijo demasiado la vista en los hombres armados. No sé bien los códigos de miradas y no quiero levantar suspicacias, así que intento no mantener la vista demasiado atenta a las armas y no mirarles directamente a los ojos, aunque esto último también debo reconocer que es por miedo. Realmente estoy intimidada. Sé de la regla de no disparar los días de visitas, sobre todo por los niños, pero aún así, el miedo hace su camino por dentro. A medida que pase el tiempo queda a un lado y la curiosidad puede más. Miro a alguno a los ojos, casi sin querer y me sonríe, sobre todo porque está bailando salsa con una escopeta de repetición. En los primeros pisos, de la torre de Miguel, jóvenes armados juegan con las armas. La muestran, la manosean y la frotan, uno tiene el extremo en la boca y se acaricia con ella el labio. Escopetas, recortadas, pistolas de tambor, de carga, grandes y pequeñas. Todos la exhiben como en una especie de competición, se aferran a ellas porque creen que es lo único que tienen, una especie de pasaporte que lo mismo les protege que les introduce en un mundo de códigos, batallas y retos de fuego inapelables que conduce a menudo a la muerte. Yare es considerado uno de los penales más peligrosos del país, el año pasado murieron 34 reclusos y 85 fueron heridos, una porción considerable de los casi 500 que fallecieron en todos los penales venezolanos donde se desesperan 21.000 personas (Observatorio venezolano de prisiones, 2013).

Música y ruinas

La música alta está presente en todas partes, en la parte exterior con dos altavoces gigantes, en los pisos de los módulos cada quien tiene su equipo, hasta en la celda de Miguel hay una radio donde suena una especie de rock evangélico.

El aspecto de los edificios, construidos en los años 70 y sin mantenimiento de ningún tipo, tampoco resulta excesivamente tranquilizador, están todos cubiertos de impactos de bala y llenos de boquetes. La escalera que lleva a su celda, de metal oxidado, se está cayendo en algunas partes. El aspecto fantasmal se refuerza con el hedor a orín y a basura de algunas partes, y con la basura acumulada que en determinadas zonas crece en forma de montaña. Justo al lado del recinto están construyendo una cárcel nueva con lo que supongo mejorarán las condiciones de vida de los reclusos, sólo espero que sea una buena oportunidad para reducir la violencia.

De lo divino y lo mundano

Aparentemente todos los módulos están abiertos porque es día de visita, normalmente son los propios presos que controlan el territorio, cada módulo, los que abren y cierran las puertas y regulan el acceso. Miguel se puede pasear por casi todas partes con la condición de que lleve la biblia en la mano y la exhiba para que los demás lo puedan identificar rápidamente como evangélico, sin embargo hay zonas por las que no se aventura. – Aquí no me conocen y yo no conozco – explica como razón. Si hay dudas, podría recibir un tiro. Los otros, los “mundanos” que están en “el mundo” de las bandas se aferran a las armas como condición de supervivencia. Si es de noche o hay una situación de peligro los evangélicos tienen que gritar: “Cristo vive” para identificarse. Aparentemente este privilegio se les otorga porque, entre otras cosas, son los que recogen a los muertos.

El resto, “el mundo”, está dividido en “causas”: las bandas. Éstas se dividen en “luceros”, los que mandan y “pueblo”, el resto. Sólo por pertenecer a ellas automáticamente ya estás “enculebrao”, o sea, ya tienes problemas con el resto de los módulos y torres. Por ejemplo, Miguel me explicó que esos días había “culebra” entre los módulos del piso inferior y del piso superior y que el día anterior estaban disparándose. Las peleas que se dan pueden ser por problemas personales, normalmente por violación de los estrictos códigos propios de los presos que reglamentan la vida en la prisión, pero parece que sobre todo están causadas por cuestiones de control de venta de drogas y armas.

En la puerta de la torre donde se encuentra Miguel, dos mesitas franquean la entrada, la primera vez no consigo adivinar que exponen hasta que paso dos veces más por al lado y me atrevo a escudriñar. Allí en la mesa, además de un fajo de billetes sujeto con una piedra, se exponen piedritas blancas –crack– alineadas cuidadosamente en hileras y bolsas conteniendo otros tipos de droga, sobre todo heroína y cocaína, aunque también pastillas de diversos tipos. Al principio mi ingenuidad me hace confundir el puesto con otros de artesanía en los que los presos exponen su trabajo: muebles en miniatura hechos con latas de refrescos o cajas con formas de corazón decoradas con flores hechas con papel de baño y forradas del mismo material. El crack es lo que más se consume porque es lo más barato, provoca un subidón muy potente rápidamente, aunque también una adicción muy costosa, extravía la mirada de quien la consume, deteriora rápidamente el cuerpo y el alma. Zombis, es el nombre que se les da a los adictos.

La celda de Miguel

En el piso de los evangélicos no se ven armas, los hombres visten más discretamente y más aseados. Se acercan a saludarnos, Miguel nos va presentando. Algunos tienen muchas ganas de contarnos cosas y nos quedamos un rato hablando. Las puertas de las celdas están abiertas, en su interior y en los pasillos hay un gentío, un río de voces que sube por las paredes y se suma a la música que sale de distintas fuentes.

En su celda duermen once personas pero sólo hay cuatro camas, el “suelo queda cubierto por cuerpos”, explica Miguel, contento de tener, por fin, una colchoneta que le hemos traído. Los módulos de Yare I fueron construido para 400 reos pero actualmente lo ocupan 1153.

En el interior de la celda de Miguel hay una cocina eléctrica y una radio. Toda la comida que le traemos la pone en un sitio en común con el resto de alimentos que otras familias han traído. La solidaridad de los evangélicos es una buena manera de sobrevivir probablemente más útil que los enfrentamientos de los “mundanos” o no religiosos. Las paredes aparecen dibujadas frases e imágenes relativas a Jesús y a Dios, aunque en las celdas contiguas veo también muchas fotos de revista y textos escritos. Se parece mucho a las celdas de la cárcel abandonada donde fuimos a grabar el documental el año pasado. Tanto escuchar sus historias sobre el infierno de la cárcel y ahora lo estoy viendo con mis propios ojos. Miguel está un poco triste porque estaba un poco peleado con Duque, Kim y Harold y éstos no han venido a visitarle allí dentro. Me pasa una carta para Sara, una chica del barrio donde estuvimos grabando la serie. Más tarde descubro que a Sara también le gusta Miguel y quiere ir a visitarlo pero es menor de edad y la madre jamás le dará permiso para ir a verlo. Historias de amor del barrio.

Desde un agujero en la pared puedo observar una parte del patio mientras converso con Miguel y alguno de sus compañeros. Me hablan de la paliza que le dieron al chico que detuvieron con Miguel en la comisaría y que por suerte no se repitió cuando ingresaron en prisión –una especie de recibimiento habitual de los guardias– porque tuvieron la suerte de que ese día hubiese por ahí un fiscal que estaba controlando y que les acompañó hasta el interior. Los guardias sólo entran en los módulos en algunas ocasiones especiales y lo hacen armados con fusiles de asalto rodeados de medidas de seguridad impresionantes. Tampoco entran muchos funcionarios, casi todas las tareas dentro de prisión las hacen los propios presos. Pero según el código de prisión, un recluso cualquiera no puede hacer tareas manuales o de limpieza a riesgo de perder el respeto del resto. Así que normalmente las llevan a cabo las brujas –presos que no han conseguido pasar las pruebas de valor y que quedan marcados desde entonces con ese estigma–.

Vamos a dar un paseo por el interior por los distintos módulos. Además de la piscina, Miguel me explica que también hay peleas de gallos con apuestas y casi cualquier cosa que el dinero pueda comprar, menos la libertad supongo, si no la pudiste comprar antes. En otro módulo, en una sala enorme como de gimnasio, los reclusos se construyen una especie de tiendas, de separaciones con sábanas, hay más de cien, además para dormir, sirven para conseguir intimidad para tener relaciones sexuales.

Antes de irme hablamos del concierto que está preparando Miguel con el Tiuna dentro del penal, la Directora ya le ha dado el permiso. En la puerta, antes de despedirnos vemos unos hombres en huelga de hambre para protestar por su situación, están pidiendo el traslado a otra prisión. Llevan la boca cosida como medida de presión y están todos postrados bajo un toldo. Durante el año pasado hubieron 324 huelgas y motines dentro de las prisiones para protestar por las condiciones existentes y sobre todo por los retrasos judiciales, ya que más de la mitad de los reclusos todavía no han sido procesados y están en prisión únicamente a la espera de juicio (Observatorio venezolano de prisiones, 2013:8).

 

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