Imaginarios de la revolución del 99%

Publicado originalmente en Diagonal.

El régimen se desmorona, así queremos creerlo quienes leemos el 15M como un triunfo. Su éxito, ampliamente aceptado por todos, es que el 15M ha hecho explosionar los marcos de comprensión dominantes, la cultura de la transición, la percepción de la política como consenso y juego discursivo aparentemente sin consecuencias. Pero si los mitos de una paz duradera construida sobre pactos secretos, de una monarquía incontestada que a todos nos hace felices, de una Europa de progreso y bienestar se mueren, ¿sobre qué imaginarios puede levantarse la revolución ciudadana?

De vueltas con el estado-nación

Si miramos a las revoluciones o procesos de reforma radical que se han dado en Latinoamérica –fundamentalmente en Venezuela, Bolivia y Ecuador– descubrimos algunas pistas contemporáneas sobre la producción de imaginarios de carácter emancipador. Una de las constantes es el nacionalismo, que sin embargo no se ha constituido como una esencia para ser confrontada con la de los vecinos, sino como una dialéctica que delimita un enemigo común: el imperialismo de EE.UU. para propugnar la unión latinoamericana. Los discursos van encaminados a fundar un nuevo orden continental –lo que en Argentina llaman la Patria Grande– porque sólo con la fuerza de unos objetivos compartidos se puede contrarestar el intervencionismo del norte y sus imposiciones políticas y económicas. Y sólo con la capacidad de negociación que dan nuevas organizaciones transnacionales como la UNASUR –que a su vez operan como máquinas de producción de símbolos y de transformación cultural– se pueden resistir las presiones del orden económico global –FMI, OMC, Banco Mundial–.

En nuestro continente, no obstante, un casi fatídico sino europeo parece imponerse al objetivo político original de la Unión: trascender las divisiones que nos enfrentaron en el pasado. Hoy en la UE todo nos habla de un conflicto entre naciones. Lo descubrimos en las claves que han articulado los discursos durante el reciente proceso electoral alemán en los que se imponía la idea del deber de Alemania de cuadrar a los vagos del sur para preservar su economía a costa del sacrificio de las clases populares de los países endeudados. Una propuesta política totalmente antieuropea que está conduciendo al desastre a la zona euro que sólo podrá salvarse con más unión política y con una integración fiscal real, y no con la defensa cerrada de haciendas nacionales en clara contradicción con la moneda única.

La soledad del estado-nación es un mal que resucita en nuestro tiempo. La espectacular subida de la ultraderecha en Francia: franceses contra inmigrantes –lo que a menudo suele significar pobres contra pobres– nos habla de ello. Lo que se manifiesta es la centralidad del conflicto horizontal –entre naciones– frente al vertical –gobernantes contra gobernados, el 1 contra el 99%– que es el imaginario imprescindible para la revolución social. El conflicto horizontal refuerza siempre el status quo, deja de lado lo importante, o invierte las prioridades. En Cataluña la independencia ha aglutinado los deseos de la población de una verdadera transformación democrática en el espacio político que abre el 15M. Sin embargo, a nivel institucional la consecuencia ha sido la contraria: el apuntalamiento del sistema de partidos –mayoría para CiU el partido de la crisis, la corrupción y los recortes– y una derechización de las políticas parlamentarias. ERC, supuesto partido de la izquierda independentista, ha apoyado con gusto las propuestas más conservadoras de su socio de gobierno a cambio de una hipotética consulta: ha impedido investigaciones sobre corrupción; ha salvado al director de la policía autonómica cuando los mossos han asesinado a una persona y ha impulsado privatizaciones y recortes.

Procesos constituyentes

Con este panorama parece difícil que triunfe inmediatamente un europeísmo que propugne más unión política en nuestro continente. Aunque sin duda será necesario en algún momento para conseguir una transformación real de nuestras condiciones de vida y para acabar con el chantaje de la deuda. Pero en Latinoamérica también tuvieron que darse primero cambios radicales a nivel de los estados-nación para que fuera posible una mayor integración regional. Esos cambios se articularon en Venezuela, Bolivia y Ecuador a partir de procesos constituyentes. El imaginario de la constituyente parece provenir de una mitología política del pasado pero en tanto que propone un espacio de apertura donde es posible pensarlo todo de nuevo, se revela hoy como un potente símbolo de transformación social. Es esta apertura del propio concepto republicano de asamblea que funda de nuevo las bases de la convivencia –e incluso que lo concibe desde la democracia radical como un proceso siempre necesariamente incompleto– la que conecta con lo que el 15M significa. Una constituyente bajo la consigna de democracia real puede ser el horizonte mítico fundamental que unifique las diferentes demandas recuperando el programa político del 15M. Si la narrativa que se ha impuesto es que da igual cuánto protestemos, que nada cambia ya que el poder es impermeable a nuestras demandas, un proceso constituyente es una propuesta ilusionante a la altura del reto de dotarnos de nuevas reglas que hagan posible de nuevo la democracia.

lucha desigual

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