“Los medios han estado agitando el miedo al virus de manera exagerada”

Por Ana Isabel Cordobés para EFE noticias a propósito de las Jornadas Mujeres Creadoras de Iruña.

En la ponencia hablarás del miedo y las restricciones y su mirada desde el feminismo. ¿Cuánto tiene que decir el feminismo y las feministas sobre una crisis como la del Covid-19 y todo lo que conlleva?

El feminismo lleva tiempo hablando de que el sujeto independiente sobre el que se articulan las democracias occidentales –y la organización económica– es una ficción, todos somos seres interdependientes. Lo que sucede es que son las mujeres las que han estado sosteniendo la vida de manera invisibilizada. Por ejemplo, se ha hablado muy poco del cuidado a los enfermos que se ha estado sosteniendo desde los hogares durante la pandemia, casi como si no existiese, cuando han sido millones de contagiados en el mundo que no han llegado a los hospitales. Durante los confinamientos, el mundo casi se ha detenido, pero las tareas de reproducción –cuidados– han continuado en nuestras casas. Mientras que se ha hecho patente que cuando se consideran como empleo –de limpieza, doméstico, enfermeras, cuidadoras en residencias o de niños…– se ejercen en unas condiciones y se retribuyen como si fuesen trabajos que no contasen. La crisis del coronavirus evidencia que no solo cuentan, sino que son la base de todo lo demás, pero esa importancia no se corresponde ni con corresponsabilidad social en el caso del no pagado, ni con buenos salarios y condiciones de trabajo.
Nuestras luchas feministas tienen que reclamar al Estado la riqueza social que nos corresponde –esa que producimos para que el sistema pueda seguir funcionando cuando nos encargamos de cuidar de forma gratuita en los hogares–. Reclamamos renta indirecta, más estado de bienestar –salud, educación–, pero también vivienda, transporte, cultura, etc…– y renta directa, como recoge la demanda de la Renta Básica universal e incondicional que parece cada vez más imprescindible.

Los derechos civiles han sufrido un retroceso, ¿y los derechos de las mujeres? ¿Crees que esta crisis se puede utilizar como baza para dar pasos atrás en lo alcanzado?

En nuestro país los derechos formales de las mujeres no han sufrido un retroceso durante la pandemia –si obviamos los ataques de los fundamentalismos religiosos y la extrema derecha de Vox– como ha sucedido en otros países. En Polonia y Hungría por ejemplo, hemos visto como la ultraderecha en el poder ha aprovechado la coyuntura –donde es difícil la protesta–, para impulsar restricciones de derechos de las mujeres como el del aborto o para oponerse al Convenio de Estambul contra la violencia machista.
Sin embargo, aquí hemos presenciado retrocesos importantes en las condiciones materiales de vida y laborales de las mujeres, que, como sabemos, se encuentran entre los eslabones más bajos del mercado de trabajo, sobre todo cuando son migrantes económicas. Es el caso de las que trabajan de internas y a las que se les han impuesto encierros durante la pandemia –y que ya normalmente tienen condiciones laborales durísimas– o de las temporeras marroquíes que trabajan por contingentes en agricultura y que quedaron varadas sin poder volver a su país durante meses. Muchas de estas mujeres se encuentran en condiciones de precariedad brutales que se han agudizado durante la pandemia o han sido las primeras en perder sus salarios: las trabajadoras domésticas, las trabajadoras sexuales, las que se dedican al sector servicios y han sido despedidas… Todas ellas se encuentran sin recursos y sin ayudas a pesar de las promesas del gobierno.
Por otra parte, la crisis de la COVID ha agudizado lo que llamamos crisis de cuidados: con escuelas cerradas o más enfermos o dependientes que atender sin a penas ayudas. Y cuando aumenta la necesidad de estas tareas, ya sabemos que recaen principalmente en las mujeres. En este sentido sí podemos decir que han empeorado las condiciones de vida de las mujeres.

Estamos asistiendo a varios debates en el feminismo, sobre todo aquellos relacionados con la ‘teoría Queer’. ¿Esto desgasta o fortalece la lucha por derechos aún no adquiridos?

Parece más bien que ha algunas representantes del feminismo institucional, mujeres que tienen tribunas en los medios o espacios de poder en las instituciones o universidades que están instrumentalizando este debate precisamente para romper con el segmento feminista más radical, más novedoso y más anticapitalista. Creo que para entender la oposición a la Ley Trans, hay que entenderlo en este marco. Las que están liderando el debate son mujeres con poder que sienten que el desborde de los últimos años les hace tambalear un poco de sus sillones, así que este es un intento de capitalizar la potencia política del movimiento. Quien pueda definir quién es mujer, y cuáles son sus intereses podrá definir sus demandas y convertirse en “traductora” de los mismos. Es decir, ocupar posiciones de poder institucional ondeando la bandera feminista.
Por supuesto que esto desgasta, sobre todo por el tono de los debates, que como ya he dicho, no buscan el acuerdo, sino romper el movimiento. Mucho me temo que por desgracia en los próximos años veremos al movimiento feminista perder capacidad de movilización y potencia debido a estas presiones. Ojalá me equivoque.

Alguna vez has comentado -te he leído en alguna ocasión- que los movimientos sociales van mucho más rápidos que la academia. ¿Se necesita una revisión del funcionamiento académico para que pueda ser más permeable o es positivo que la academia vaya detrás?

Los movimientos a menudo van por delante de la academia respecto a la producción de conocimiento que sirve para pensar e impulsar sus propias luchas. Es cierto que se puede retroalimentar con la academia, aunque esta tiene sus propias dinámicas que no siempre facilitan su comunicación con el afuera, su conexión con los movimientos, o la producción de conocimiento que impulse la transformación social. Creo que la creciente precariedad de las condiciones laborales de las universidades tampoco ayuda a que esto sea posible. En cualquier caso, tampoco quiero decir que la academia tenga que estar supeditada a las cuestiones suscitadas en la práctica política. Está bien que exista una esfera propia universitaria que sea capaz de abrir caminos sin ser monitorizada desde ningún ámbito respecto de la utilidad de lo que produce. Ahora, creo que en este campo del conocimiento es imprescindible generar también un ámbito de autonomía que no dependa de ninguna institución que de forma al conocimiento “legítimo”. Hablo de grupos de investigación militante, cursos de autoformación política vinculada a movimientos, etc.

Por último, y ya también como periodista. ¿Qué papel han jugado los medios de bueno o de malo en transmitir en esta pandemia y en la importancia que han tenido las interseccionalidades en esta pandemia (ejemplo: es un virus que afecta a todo el mundo por igual)?

Tengo una visión algo crítica del funcionamiento de los medios durante la pandemia. Creo que han estado agitando el miedo al virus muchas veces de manera exagerada con informaciones no siempre contrastadas que exacerbaban el pánico existente como si hubiesen entendido que ese era su papel social. Por otra parte, se ha dicho mucho que el coronavirus “no entiende de fronteras, de géneros o de clases sociales”. La realidad es otra. Hemos comprobado una y otra vez que enferman más y mueren más las personas con menos recursos; las que han tenido, además, menos posibilidades de confinarse por problemas de vivienda o que asumen más riesgos por las condiciones de precariedad en las que ejercen su trabajo –por ejemplo de esos trabajos de cuidados de los que hablábamos–. Se ha hablado bastante ya de cómo el género y clase están relacionados con una mayor exposición al contagio, pero poco de las fronteras. Sobre todo de las interiores. Las fronteras también están inscritas en la organización social, en las leyes laborales y son las que posibilitan que los y las migrantes ocupen hoy muchos de los trabajos con mayor peligro de contagio: de cuidados, pero también en la agricultura, etc. Lo que dice el feminismo de clase es: las grietas ya existían, la pandemia solo las ha hecho más visibles, más dolorosas.

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