Vivimos un momento político marcado por el avance del autoritarismo, el retroceso del valor de los hechos y el uso planificado de la mentira como herramienta de poder. Fruto de las condiciones de una época herida por múltiples crisis e impulsadas en estas formas de la comunicación desligada de todo vínculo con la verdad, las nuevas extremas derechas han generado un nuevo terreno de juego en la política contemporánea.

Con frecuencia se recurre a la comparación con los fascismos de entreguerras, entendidos principalmente como reacciones contrarrevolucionarias en un momento en que la revolución era posible en Europa, incluso para muchos, esa posibilidad se vivía como una certeza inquebrantable: iba a producirse sin atisbo de duda. Sin embargo, hoy buscamos esa revolución a la que podrían estar oponiéndose, y nos cuesta verla. ¿Son los avances feministas? ¿Las luchas por la liberación sexual o las conquistas en derechos son una explicación suficiente? Lo cierto es que estos avances han sido compatibles con un aumento de la explotación en muchos órdenes, desde el ámbito laboral, hasta nuevas formas de extracción de rentas –como el encarecimiento del acceso a la vivienda–, pasando por el progresivo debilitamiento de la capacidad redistributiva del Estado. Todo ello ha ido acompañado, además, de un proceso de concentración de la riqueza de una magnitud sin equivalente histórico.

Si no son contrarrevolucionarias, cabe preguntarse cuál es el papel que desempeñan estas nuevas extremas derechas en el contexto actual. Tal vez su función ya no sea tanto aplastar una revolución real como clausurar incluso la posibilidad de imaginarla. Más que confrontar movimientos emancipadores existentes, su proyecto parece orientado a bloquear cualquier horizonte de transformación. ¿Cómo condicionan, en ese sentido, el alcance de la crítica política? ¿Cómo restringen o neutralizan el campo mismo de lo políticamente pensable?

Relegitimación de lo existente y cierre de la crítica

Contrariamente a lo que sostiene el discurso de la “alerta antifascista”, las extremas derechas están desempeñando, al menos en parte, una función paradójica: la de contribuir a una suerte de relegitimación de la democracia representativa. Si tomamos España como nuestro escenario, podemos recordar cómo en el 2011, durante la última crisis económica, las plazas y las calles consiguieron poner en primer plano la pregunta por el contenido de la democracia. Queríamos explicar que, más que estar representada por un conjunto de instituciones –elecciones, partidos, Parlamento–, la democracia por la que luchábamos se encontraba más allá de ellas e implicaba la disolución de toda forma de poder, la igualdad radical en la participación política y en la distribución de la riqueza. Durante esos años se impugnaba un sistema de representación que no alcanzaba; una reivindicación que hoy parece desplazada por el contexto político ante necesidades aparentemente más urgentes como la de frenar a la extrema derecha. 

En una Europa que se rearma para la guerra, ya no discutimos sobre la connivencia entre las instituciones europeas, los distintos gobiernos nacionales y el gobierno de las finanzas, hablamos sobre “cómo proteger la fragilidad de nuestras democracias”, de ‘cordones sanitarios’, ‘frentes populares’ y ‘votos útiles para frenar al fascismo’. Nada de ello profundiza la democracia, nada de ello sirve para redistribuir más poder o recursos, más bien todo lo contrario: es funcional a la hipótesis conformista del mal menor. 

Habría aquí dos líneas contrapuestas. Una se afirma en la política como creación y se organiza para demandar más y más ampliación de lo común, la desmercantilización de la vida y la distribución de la toma de decisiones. Otra sostiene que la democracia debe ser resguardada como si fuera una criatura indefensa, incluso si ello implica renunciar a algunos de sus propios fundamentos. Se justifica así la necesidad de más legislación de excepción: la introducción de nuevos límites al discurso público, el endurecimiento de los delitos de odio o de restricciones adicionales al derecho a la protesta, con el fin de reducir la presencia y el impacto social de los sectores reaccionarios. En este mismo paquete se trata de negar también la posibilidad de la crítica al gobierno –sobre todo si este es progresista, o es tiempo electoral– por “no dar armas al enemigo” o “mejor esto” –lo que sea– que el ascenso de la derecha. En este sentido, el miedo disciplina y se convierte en el vehículo perfecto para el conservadurismo. La ley de vivienda es maravillosa, la economía va como un cohete, la reforma laboral acabará con la precariedad y la ley de libertad sexual con el problema de tener que probar las agresiones…

Esta es quizás su mayor victoria, retrocedemos colectivamente así en el conformismo y los sectores más a la izquierda se autoimponen limitaciones en la crítica y la propuesta. Sí, el contexto genera dificultades añadidas para su despliegue, pero el problema es que ese tipo de discursos no está frenando el ascenso de las extremas derechas y no siempre alcanza.

De manera que el auge de las extremas derechas está siendo utilizado como pretexto para relegitimar una democracia representativa en la que, desde hace tiempo, el capitalismo y su última vuelta de tuerca neoliberal han abierto profundas grietas. Está siendo funcional al apuntalamiento de este orden neoliberal en crisis, junto a los partidos que lo han gestionado hasta ahora, incluidos los socioliberales, porque la izquierda institucional parece haber renunciado ya a cualquier alternativa. Frente a esto, el único frente con posibilidades reales de revitalizar la democracia no es el que se limita a contener el retroceso de estos actores, sino el que se atreve a ampliar su significado. Aquel que responde a la crisis de representación, que estas opciones políticas aprovechan, no blindando lo existente, sino apuntando a las causas de esta crisis. Ignorar lo que alimenta a las extremas derechas con parches momentáneos solo garantiza su retorno, quizá bajo formas aún más despiadadas. 

La extrema derecha no surge de la nada. Es hija de un tiempo marcado por el entrelazamiento de múltiples crisis –económica, ecológica, política, cultural– y por una creciente desafección hacia las formas tradicionales de representación. Su crecimiento se alimenta de múltiples malestares sociales, de la sensación extendida de abandono, y se presenta como la única voz “antisistema”. Reclama para sí el lenguaje de la ruptura, apropiándose de códigos y formas de acción que, hasta hace no tanto, eran patrimonio de los movimientos sociales emancipadores. Hoy, sus bases muestran en muchos casos más capacidad de movilización, más audacia y más presencia territorial que las nuestras.

Mientras tanto, amplios sectores de la izquierda e incluso de los movimientos sociales parecen haberse replegado sobre un discurso defensivo, centrado en la preservación de un orden que, aunque menos cruel que el que proponen los reaccionarios, sigue siendo profundamente injusto y desigualitario. La defensa de los derechos conquistados se transforma, a menudo, en un mero gesto conservador. Se apela al Estado como garante último –el que va a protegernos del patriarcado, del racismo, de la violencia– pero sin cuestionar la arquitectura institucional que reproduce esas mismas violencias. Desde ahí, el discurso se desliza fácilmente hacia una posición de superioridad moral que termina por desconectarse de quienes no se sienten representados por esa institucionalidad ni por sus lenguajes. 

La extrema derecha trata de representar el rechazo al sistema, aunque su objetivo sea el de reforzar las jerarquías sociales, no el de subvertirlas 

La extrema derecha trata de representar el rechazo al sistema, aunque su objetivo sea el de reforzar las jerarquías sociales, no el de subvertirlas y para eso también necesita un refuerzo autoritario. Es decir, que no tiene ni una solución para las causas que provocan esta desafección al sistema, sino que desvía su sentido: desenfoca los problemas o apunta a falsos culpables –el feminismo, los migrantes, los lobbys LGTB…–. O señala a fantasmas: “la élites globalistas”, que crean una causalidad difusa más bien fantasmática. 

Este tipo de discursos parecen conectar también de alguna manera con un segmento importante de votantes de clase trabajadora, e incluso de los excluidos –como en el caso de Milei o incluso en su día, Bolsonaro, que parecen haber obtenido el respaldo de una parte significativa de los jóvenes de las villas y favelas–. Algo que hacen bien estas opciones ultra es apelar a esta gente que ha quedado desconectada de la representación, hacerles sentir –aunque sea falso– que cuentan, que sus vidas son significativas, que sus formas de ver el mundo tienen valor. Aquí el problema no es solo de discurso. Analistas como Thomas Piketty han demostrado que, en prácticamente todos los países postindustriales del mundo, los principales partidos de izquierda o centroizquierda han pasado de tener sus principales apoyos en el movimiento obrero organizado a basarse en la fracción de la clase trabajadora poseedora de títulos educativos, es decir, los profesionales instruidos. Es decir, la mayor parte de partidos de izquierda no conectan con lo que supuestamente deberían ser sus bases. Aunque España quizás sea una excepción, al menos no en lo que respecta al PSOE, este análisis se aproxima bastante al caso de Podemos y Sumar. 

Las salidas, en efecto, no son simples, pero este es un nudo que nos corresponde afrontar y deshacer. Frente a unos malestares que han sido canalizados hacia formas de sentido común reaccionario, el desafío es rearticularlos desde una lógica emancipadora. Más que asumir el papel de una izquierda volcada en la gestión del orden existente, tal vez sea hora de recuperar para el campo transformador ese deseo de ruptura y cambio que, en buena medida, ha sido captado por las extremas derechas. Se trata de reorientar ese malestar hacia sus causas reales, y sus verdaderos culpables y, desde ahí, reconstruir un horizonte de transformación radical en un momento en que la crisis ecosocial impone una disyuntiva ineludible: o alteramos de raíz el metabolismo social, o nos enfrentamos al colapso.

Es imprescindible disputar el origen mismo de ese malestar, reapropiarnos del lenguaje de la crítica y reconstruir un horizonte común

Porque, cuando frente a los gobiernos progresistas la única crítica presente es la que formula la extrema derecha, esta acaba capitalizando el descontento. Si no hay una lectura de izquierdas de los problemas existentes, si en escenarios de crisis aguda –como la reciente situación de inflación desbocada en Argentina–, el único lenguaje capaz de narrar ese malestar es la reacción, este se convierte en el único proyecto político disponible. No basta con señalar que los ultras apuntan a falsos culpables; es imprescindible disputar el origen mismo de ese malestar, reapropiarnos del lenguaje de la crítica y reconstruir un horizonte común. No podemos permitir que el único discurso contra el sistema sea el que pretende hacerlo aún más cruel.

Tal vez esa sea, precisamente, nuestra tarea: forjar una crítica que no se pliegue a los automatismos del presente, que no tema la complejidad ni rehúya el conflicto, y que se atreva, incluso ahora, a imaginar otras formas de vida en común.