¿Una izquierda obrera y chovinista para frenar a la extrema derecha?

5 de Septiembre de 2018 en Ctxt

A pesar de los intentos de las derechas este verano, España es todavía un país en el que la migración no constituye una preocupación importante para sus habitantes –como descubrimos encuesta tras encuesta y aunque Rivera diga lo contrario–. Desde luego no alcanza la relevancia que ha tomado en media Europa, incluida la vecina Italia.

En esos países, la extrema derecha –ocupe posiciones de gobierno o no– marca la agenda con el tema arrastrando tras de sí a todo el arco político. Parece que los actores políticos no tengan más salida que ir posicionándose constantemente en torno a un campo de significantes sembrado y abonado por los ultras. Es cierto que esta cuestión está demostrando una capacidad brutal de articular miedos y la sensación de inseguridad de unas clases trabajadoras y medias empobrecidas que acaban de atravesar una crisis sistémica todavía no resuelta.

En países como en Francia o Alemania se están moviendo también las posiciones de los partidos progresistas o lo que llamamos muy genéricamente “izquierda”. Jean-Luc Mélenchon, por ejemplo, hace una defensa de los los trabajadores locales frente a los foráneos mientras insiste en que la inmigración no regulada es un instrumento en manos del capital global. En realidad, esta posición tampoco es nueva, sino que conecta con discursos tradicionales de una parte del mundo sindical francés bastante anteriores al liderazgo de Marine Lepen y su renovación del Front National –ahora Rassemblement National–. En el chovinismo obrerista de Mélenchon se mezcla una reclamación de más soberanía nacional frente a unas instituciones europeas alineadas con los intereses de las finanzas con una cierta nostalgia del pasado de un –algo idealizado– Estado del bienestar de posguerra cuando los enemigos tenían contornos más definidos y parecían más fáciles de confrontar por sindicatos fuertes. Lo que no solo ha quedado atrás sino que no volverá, por mucho que se ponga el foco en los migrantes que poca responsabilidad tienen en el ocaso de los pactos entre capital y trabajo anteriores a la desregulación neoliberal.

El renovado proteccionismo del trabajador

En Alemania se acaban de abrir estos debates con la presentación estos días de “Aufstehen” (En Pie), una plataforma liderada por Sahra Wagenknecht, diputada del partido situado más a la izquierda del arco parlamentario, Die Linke. Este movimiento, que se dice populista e inspirado por la Francia Insumisa de Mélenchon y Momentum de Jeremy Corbyn, pretende aglutinar a miembros de diferentes partidos progresistas, del propio Die Linke, pero también de la socialdemocracia del SPD y de Los Verdes. La propuesta es un espacio de confluencia que se plantea reenganchar a los votantes desencantados, también a los que se han ido a la ultraderechista Alternativa por Alemania –AfD– sobre todo de los antiguos estados de la Alemania del este –curiosamente donde hay menos presión migratoria, como sucede a menudo con la ultraderecha–.

Para Wagenknecht y sus aliados, en este contexto de globalización, los asalariados y los obreros manuales no solo ven empeorar sus condiciones de trabajo, sino que sienten amenazada su propia identidad debido al crecimiento de la inmigración. Para ella, la izquierda ha cedido demasiado ante las posiciones de la clase media urbana proglobalización olvidándose de los perdedores, a los que hay que recuperar defendiendo políticas redistributivas e incluso cierto “chovinismo del bienestar”. Así, su propuesta, no solo incluye políticas socialdemócratas –que hoy suenan radicales– como subir salarios, fortalecer el Estado del bienestar o mayor progresividad en los impuestos, sino que también apuesta por utilizar el nacionalismo –un tabú en las izquierdas alemanas– y regular la inmigración en una reedición del argumento de los migrantes como mano de obra barata importada por el capital.

Desde luego es imprescindible competir con la ultraderecha con un proyecto político creíble para los votantes de clase trabajadora que han dejado de apoyar las alternativas progresistas, en un país donde muchas de las reformas neoliberales también han sido aplicadas por la socialdemocracia. Sin embargo, se puede ver esta propuesta como un avance más de la extremaderecha. Quizás alguien de AfD pueda decir algún día eso de que su “mejor obra” ha sido Sahra Wagenknecht y la nueva izquierda soberanista alemana. Asumir que el debate público sobre la justicia social y la redistribución tiene que jugarse en la arena del cierre de fronteras implica una derrota. Es aceptar la incapacidad de resituar en primer término un conflicto fuerte contra las élites y el capitalismo financiero –una dinámica también populista de los de abajo contra los de arriba–, en vez de aprovechar el río revuelto de los que desvían el malestar social hacia los migrantes.

Por mucho que se empeñe Pablo Casado, no son los migrantes los que amenazan el Estado del bienestar. Esta idea del ”chovinismo del bienestar” la están experimentando tanto el Front National como una parte de la ultraderecha europea, que están moviéndose desde un programa liberal a uno de defensa de gasto público que tiene mejores resultados en las urnas. (Europa no es EE.UU., aquí un Trump no puede conquistar el “cinturón de óxido” francés como si fuesen los Grandes Lagos con promesas de menos Estado). La izquierda se mueve hacia el soberanismo de las fronteras pero es posible que se encuentre con que la extrema derecha le ha devorado su posición en la defensa de lo público. ¿Y qué van a preferir los votantes ahora inflamados por sentimientos nacionalistas y rencores al extranjero? Probablemente al que sea capaz de llevarlo más lejos.

Por tanto, una reedición obrerista del “los alemanes primero” no parece la mejor forma de frenar al fascismo. Esta apuesta de confrontación de la plataforma de Wagenknecht con los postulados oficiales de Die Linke –que defiende una política generosa y aperturista tanto con la inmigración como con los refugiados– también tiene una lectura en clave interna. Aquí también existe una estrategia para tomar el control de Die Linke, cuyas bases rechazan claramente estos postulados y apuestan por estrategias de corte más movimentista y de base. Como explica Miguel Sanz en Viento Sur, la orientación política del partido está más inclinada hacia los movimientos sociales antifascistas que se han articulado como reacción a AfD y en apoyo de los refugiados –y que también se movilizan por otras causas–. Movimientos con verdadero poder social y reacios a propuestas populistas impulsadas desde arriba por persnajes mediáticos como el de Wagenknecht. Esta figura parece más interesada en campañas manejadas por relucientes equipos profesionales de comunicación que por construir organización o redes desde abajo, que al final pueden constituirse en un contrapeso con capacidad de limitar el poder de los líderes de carácter populista de los que ella constituye un buen ejemplo.

Los medios y los líderes carismáticos pueden ser herramientas, pero no hay atajos si lo que se pretende es ser una fuerza social con capacidad de frenar a la ultraderecha. Aunque siempre es más fácil salir en la televisión y codearse con el poder en coches oficiales, el camino corto no existe para los que quieren confrontar a los poder sociales y económicos reales.

¿Cerrar fronteras va a mejorar la vida de la clase trabajadora? 

Sabemos, después de la crisis, que el capitalismo financiero no necesariamente está contra el estado-nación, tan solo quiere que trabaje para sus objetivos. La plena soberanía nacional hoy es una ficción. Además, las restricciones sobre la inmigración no resolverán las cuestiones económicas más importantes –la globalización, la financiarización, la austeridad– ni las batallas centrales de la lucha por la emancipación: conseguir mayor redistribución de renta y de poder. Como dice David Lizoain, en El Fin del Primer Mundo, la discriminación de clase y racial están relacionadas. El enemigo de los obreros no son los inmigrantes, sino los poderosos. Para evitar que las distintas fracciones de la clase trabajadora se enfrenten entre sí, es preciso reclamar más derechos, no menos. Lo que abarata la mano de obra es la falta de protección social, que la obliga a asumir trabajos en las peores condiciones. Algo que saben bien los que elaboran las leyes migratorias y las que las sufren, como las trabajadoras domésticas, la mayoría de ellas latinoamericanas, o los inmigrantes que trabajan en la agricultura.

La izquierda europea debería replantearse estas estrategias de racialización de la clase como una vía al éxito electoral y empezar a atacar sin subterfugios ni concesiones los mitos sobre la inmigración. No es suficiente con decir que el discurso progresista es impopular o difícil de explicar, hay argumentos de sobra: los inmigrantes son necesarios en una demografía en decadencia, entre otras cosas porque pagan impuestos, estimulan el crecimiento y sostienen el Estado del bienestar. Pero también habría que dejar de mirar a los migrantes de forma paternalista y asumir que son una fuerza social extraordinaria con la que hay que aliarse para frenar las posibilidades de la ultraderecha. Se trata de apoyar su autoorganización para que puedan desplegar su poder. Cuantos más derechos tengan, también de participación política, menos posibilidades tendrá el fascismo. Juntos toca apuntar sin concesiones hacia los de arriba, a sus paraísos fiscales y privilegios y exigir gravar las rentas del capital, las verdaderas amenazas al Estado del bienestar.

Ahí reside también la única soberanía posible para los de abajo. No la de las fronteras, sino la de la clase. De una clase que no viene dada, que se constituye siempre en las propias luchas y que es multinacional y multirracial desde hace medio siglo en Europa. (En España también la pobreza es mestiza desde hace mucho. Se ve en los barrios populares cotidianamente). Los que hablan de la clase como algo dado de la que ellos se erigen en intérpretes –los Melenchon, Wagenknecht y compañía– a menudo la usan para defender a sectores corporativos que les garantizan su cuota de poder. La clase se constituye en la lucha y las que vienen con fuerza deberían recuperar su carácter antifascita. Es decir, poner en el centro las cuestiones migratorias y raciales junto con los otros excluidos de los beneficios de la globalización. El feminismo tendrá un papel destacado, porque los derechos de las mujeres –y de los no binarios o de los no heterosexuales– también están amenazados por la extrema derecha. La tarea pendiente de las fuerzas progresistas será defender y ampliar esos derechos de todos. Esa es la única disputa real con el fascismo.

 

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