Miles de niños migrantes nos acechan

Una voluntaria atiende a varios menores no acompañados a su llegada a Ceuta el pasado mes de mayo.
Una voluntaria atiende a varios menores no acompañados a su llegada a Ceuta en mayo. RTVE

Publicado originalmente en ctxt.es el 8/08/2021

Más de mil en Ceuta, tras la última entrada por las fronteras del Tarajal y Benzú; unos dos mil quinientos en Canarias que han llegado en pateras y cayucos. No hay cifras reales de cuántos niños que migran solos hay en España. Los números que no están nos hablan de desborde, de descontrol, pero también de indiferencia, de algo a lo que es preferible echar tierra encima, como si dejando de mirarles fuesen a desaparecer.

Otra vez se recurre al término crisis, pero una crisis tras otra es ya la normalidad: las personas se mueven a través de las fronteras, los niños y las niñas también. Huyen de palizas, de abusos sexuales, del rechazo familiar; huyen de la pobreza o simplemente quieren otras cosas, otras vidas, creen que estarán mejor al otro lado de la valla, al otro lado del mar. Tienen la edad de las apuestas fuertes y a pesar del miedo a morir en el intento piensan que vale la pena. No son herramientas en manos de Mohamed VI, ni puras víctimas de “las mafias”. Tienen voluntad, deseos y piernas y brazos para nadar o esconderse debajo de un camión y van a seguir llegando.

En Ceuta, centenares de estos de niños, algunos muy pequeños, duermen en las calles o en los montes, se esconden de la policía –y hasta hace poco, del ejército desplegado contra ellos–. En la calle son perseguidos y los lugares donde duermen sufren razias. Tienen miedo de ser devueltos a Marruecos o están hartos de los centros de menores que son también polideportivos o naves industriales donde cientos de niños son almacenados a la espera ¿de qué? Estas imágenes, que hasta hace unos años nos parecían distopías futuristas imposibles de suceder en Europa, hoy no provocan más que indiferencia. Acostumbramiento a lo intolerable, normalización de la pesadilla, pedagogía de la crueldad. Y es que los niños migrantes han dejado de ser niños, son solo, o sobre todo, una amenaza. Una amenaza que se crea mediante un discurso del rencor y la enemistad y que también se va filtrando como una fuga de gas que puede estallar en cualquier momento. Y estalla de forma ocasional y entonces reciben ataques y agresiones de gente “normal” que no forma parte de ningún cuerpo armado con permiso para perseguirles. Desde otro lugar, que lucha contra ese miedo, en Ceuta o Canarias, en Madrid o en Manresa hay gente que se organiza también para acogerles y ayudarles. Una actividad que se criminaliza o que se percibe como una amenaza, la solidaridad.

La mayoría de estos niños que han llegado a Canarias o Ceuta pese a lo que dice la ley no tienen papeles y muchos no los consiguen nunca

Drogas, crisis de ansiedad, ataques de pánico, autolesiones, agresiones sexuales o peleas. Formas en las que muchas veces emergen y se conjuran las vivencias de estos chavales. Sucede por ejemplo en el campo de refugiados de Moira, donde los psicólogos explican que el hecho de que se corten a sí mismos es signo de que todavía son rescatables, todavía no se han acostumbrado de forma irremediable a lo inhumano. Hacerse daño como una manera de agarrarse a la cordura, para, con suerte, no matarse a uno mismo. Los intentos de suicidios de adolescentes allí son habituales. Fuera de los campos, también van en aumento.

¿Qué es un niño?

Los niños son “inocentes” por definición. No son responsables penales, no pueden trabajar –hasta los 16 años–, han de ser escolarizados, cuidados y respetados –al menos, en el discurso–. Los niños migrantes son migrantes antes que niños, culpables siempre de no haber nacido aquí. Se les hacen pruebas de “determinación de edad”, incluso a niños muy pequeños que son evidentemente menores. Otros, porque pasan unos meses de los 18 años, quedarán fuera de cualquier reconocimiento del sistema y probablemente sin papeles ni ninguna oportunidad.

La manera en la que los tratamos evidencia nuestra debilidad. La debilidad de una Europa que dijo construirse sobre un discurso de los derechos humanos, de la Convención de los Derechos del Niño; la debilidad de una Europa que tiembla ante su llegada. Ese ejército de niños que vienen a invadirnos. La extrema derecha lo verbaliza así. Los otros partidos actúan como si fuese cierto con políticas que no están dirigidas a la gestión de las migraciones, sino de los miedos de sus votantes, de unas poblaciones europeas que se enfrentan a su propia crisis, a su propio descuelgue a cámara lenta y los pánicos que les acompañan.

El lenguaje de los tiempos es de la “crisis demográfica”, cuyo marco es el de conseguir que nazcan más niños –siempre nacionales–; cómo conseguir más niños “nuestros” mientras se rechaza a los que llegan en patera. Los nacionales vienen con garantía de que los costes de su reproducción –de su crecimiento, de su conversión, por tanto, en mano de obra– están privatizados en gran medida en la familia. Los niños migrantes, cuando vienen sin padres que se encarguen de convertirlos en adultos, son considerados una carga para el país. Pese a toda la retórica de protección especial a la infancia, los migrantes se prefieren adultos, trabajadores instantáneos cuyos costes de reproducción hayan sido asumidos por otros países y por otras mujeres.

La función de las leyes de extranjería es crear una categoría de gente que trabaje por una miseria, mantenerlos con la bota encima. Se genera un difícil equilibrio donde si se cierra mucho la mano se tiene en cambio un problema social, un polvorín siempre a punto de estallar, como sucede con los niños migrantes o extutelados. La inmensa mayoría de estos niños que han llegado a Canarias o Ceuta, pese a lo que dice la ley, no conseguirán nunca papeles. Ante la reciente propuesta de dárselos con más facilidad, el ministro de Interior Grande-Marlaska dice que esto incentivaría a “millones” de jóvenes a emigrar. El lenguaje es apocalíptico, el de la invasión, no tan alejado de Vox y a la altura de las naves donde se almacenan cientos de niños en condiciones deplorables. Vuestro castigo es una advertencia para aquellos que piensen que en Europa reside alguna esperanza.

La extrema derecha saca punta a esta situación. Los menas, esos niños que no tenemos, pero de piel oscura, que no paran de llegar. Como un virus, muchos más van a llegar desde el sur hasta que no sepamos quiénes somos, porque nosotros no tenemos niños. Los menas no son niños, sino delincuentes que vienen a asustar a nuestras abuelas y a violar a nuestras mujeres. Con ellos, la ultraderecha apuntala la imagen de esa muchedumbre de desarrapados violentos que cerca Europa a punto siempre de la invasión. ¿Qué es hoy Europa sino un lugar cercado, donde tras las concertinas contemplamos nuestra propia decadencia?

Si se les ofrecen papeles y oportunidades con suerte muchos de estos niños no estallarán y acabarán prendiendo fuego a todo

La guerra al pobre siempre ha comenzado como una guerra a los jóvenes. En Ceuta y en las banlieues, aquí y en la favelas brasileñas, venezolanas, colombianas donde se da caza a los adolescentes y se dibujan como amenaza y como diana. En España, los que más suerte tengan conseguirán apoyo y papeles y quizás estudien y consigan un trabajo no demasiado humillante. Pero muchos, demasiados, ¿la mayoría? dormirán en trastiendas, en cocinas, en campos, cobrando veinte euros la jornada, o sin cobrar; se prostituirán, dormirán en la calle, en lugares abandonados o ocupados de donde serán desahuciados. Mientras, miraremos para otro lado cuando pasamos a su lado apretando el paso y la cartera. Vienen de la violencia, llegan viajando en rutas violentas y son recibidos con violencia. ¿Cómo puede ser amable alguien que no ha conocido la amabilidad?

Si se les ofrecen papeles y oportunidades con suerte muchos de estos niños no estallarán y acabarán prendiendo fuego a todo como sucede periódicamente con los hijos de las banlieues. Con suerte, algunos escaparán de no existir sino a través del ejercicio de la fuerza. Otros, sin comunidad ni nadie a quien responder, serán víctimas de la violencia, de la suya propia y de la del Estado. Tal vez se les combate con tanto ahínco porque se intuye su potencia subversiva y su capacidad de gestar revueltas. Para los que no tienen nada que perder, los que son institucionalizados, perseguidos o humillados para los migrantes –y para los autóctonos que van quedando afuera– de los márgenes al desafío hay solo un paso.

La retórica progresista hoy es la de la integración, pero, como dice Baudrillard, “una sociedad que se está desintegrando carece de posibilidades de integración de sus inmigrantes, que a su vez son los productos y los analistas salvajes de su decadencia”. Las revueltas que vendrán han empezado ya en la Frontera Sur, y no sabemos hacia dónde se dirigen, pero quizás en un futuro, jóvenes como estos sean la única esperanza de que todo dé un vuelco en la dormida y decadente Europa.

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