La izquierda que habla como Vox para oponerse a derechos

Publicado orginalmente en Público el 03/01/2020

Está sucediendo algo sorprendente en el feminismo. Desde hace un tiempo está asumiendo visibilidad una corriente que niega el avance de derechos a las personas transexuales. El debate viene de lejos, por lo menos desde los 70, pero hoy los argumentos y las formas discursivas que se utilizan replican los de la extrema derecha internacional, los de los fundamentalistas cristianos que dicen luchar contra la “ideología de género”.

Aunque el debate empezó con apariencia de “discusión teórica”, el trasfondo es que este feminismo reaccionario se opone a la aprobación de las normas que buscan avances en el derecho a la identidad de las personas transexuales y que llevan tiempo discutiéndose en el Congreso. Las reformas propuestas, tanto por el PSOE como por Podemos, pretenden que estas puedan cambiarse nombre y sexo de sus documentos de identidad sin necesidad de atravesar, como ahora, un violento proceso. Tal y como está regulado en la actualidad, el Estado tiene que reconocerte como persona enferma. Es decir, tienes que tener un diagnóstico de “disforia de género” –que ya ha sido abandonado por los manuales médicos y la OMS– y también haber atravesado algún tipo de proceso de transformación corporal como operación, hormonación o similares.

La despatologización de la condición trans es una demanda histórica del movimiento LGTBIQ y una recomendación que hace la ONU desde el 2006 cuando vinculó la legislación internacional de derechos humanos con cuestiones de orientación sexual y de identidad de género. Pues bien, España, antes a la cabeza de derechos LGTBIQ, todavía no ha aprobado ninguna norma que recoja este derecho como sí lo han hecho otros muchos países. Argentina –desde el 2012–, Irlanda, Dinamarca, Malta, Noruega, Bélgica, Portugal, Chile y hasta Pakistán –donde cualquier ciudadano puede elegir su identidad oficial entre hombre, mujer u otros–. Pero pacto de gobierno firmado por PSOE y Podemos ni siquiera lo recoge.

Evidentemente Vox pone el grito en el cielo ante esta posibilidad, pero más sorprendente es que escandalice al Partido Feminista –integrado en IU– e incluso alguna feminista destacada del PSOE. Algo difícil de encajar si tenemos en cuenta que las realidades trans están pavimentadas con situaciones de discriminación y violencia muy duras en todas las áreas de su vida –padecen también altísimas tasas de desempleo– y son un grupo de riesgo para autolesiones e incluso suicidio. ¿Desde qué feminismo se contribuye a la estigmatización de la más vulnerables?

Los argumentos

Estos discursos, como decía, replican el tono y el estilo argumentativo de “pánico moral” de las extremas derechas mundiales, sobre todo en relación a las cuestiones de género. Por ejemplo, se habla de “lobbies queer o LGTBI” como impulsores de la ley, reproduciendo así el tono conspirativo de los ultras cuando hablan de lobbies liberales. El activismo feminista les debe de parece legítimo, el LGTBI algo oscuro y peligroso. También se nombra como amenaza la “teoría queer” –dicho así en singular, como si fuese una doctrina unificada y no un espacio filosófico y militante diverso–. Tanto para el feminismo reaccionario, como para los fundamentalistas cristianos, este es el gran fantasma que viene a desmantelar la civilización occidental. Se trata pues de magnificar el peligro, de una búsqueda de legitimidad para un discurso que, hay que decirlo, tiene un trasfondo de aversión al diferente, a los que supuestamente vienen a desestabilizar las coordenadas de nuestro mundo.

No es transfobia, dicen, solo una discusión intelectual. Pero es difícil de creer cuando en charlas y foros públicos se atreven a hacer chistes y utilizan términos despectivos sobre las personas transexuales o incluso llegan a vincular transexualidad y pedofilia como sucedió el año pasado en La Escuela Feminista Rosario de Acuña de Gijón –financiada por el ayuntamiento del PSOE–. (El PSOE tiene esta postura ambigua, dice apoyar la despatologización pero su sector feminista está plagado de figuras contrarias que ocupan posiciones de poder y que han sido capaces de paralizar la aprobación de la ley en la Comisión de Igualdad.)

Guerras del baño

Entre los alucinados argumentos, parece que lo que más temen estas “feministas” es tener que compartir baño con mujeres trans; dicen ver el peligro de sufrir agresiones sexuales. Cualquiera que tenga o haya tenido pene es para ellas una amenaza potencial y las mujeres estamos siempre en peligro. Este es un feminismo del que me avergüenzo, que criminaliza a todos los hombres por el mero hecho de serlo y que señala a las trans como marcadas por ese estigma indeleble. ¿Hay casos de mujeres trans que ataquen a otras mujeres ya sea en baños o cárceles? ¿Hay casos en Argentina o en otros lugares donde se han promulgado leyes de identidad de género de hombres cambiando de sexo en sus documentos para agredir a mujeres en cárceles o baños o para huir de las consecuencias de sus actos? La respuesta es que no. (Y si algún caso se puede encontrar, como ocurre con el argumento de las denuncias falsas de Vox, no son datos significativos que invaliden la necesidad de leyes que protejan a las mujeres o la urgencia de una Ley de Identidad. Lo cierto es que hace ocho años desde que se empezaron a aprobar normas despatologizadoras y ningún país se está planteando revertirla.

En cualquier caso, sorprende que se preocupen por las posibles agresiones en cárceles cuando el feminismo institucional presta muy poca atención a las condiciones de vida de las presas. Pero si esto fuese una discusión seria y no una basada en pánicos morales y feminismos identitarios, habría que explicar que ya existe una directiva estatal desde el 2006 que permite a Instituciones penitenciarias reasignar a las transexuales a prisiones de mujeres. Ya hay trans en prisiones femeninas, no hace falta si quiera la Ley de Identidad y no se han producido agresiones sexuales.

Si esto fuese una discusión seria pues, también habría que explicar que la infancia no está en peligro –otro de los argumentos preferidos de los ultras–. No, nadie está pidiendo que se opere a ningún niño, pero sí que se atienda a su identidad. Así lo ha dictaminado ya el Tribunal Constitucional que dice que los menores tienen derecho a cambiar el sexo de sus documentos. Sin duda hay mucho que podríamos hablar respecto a esta cuestión, tanto para mejorar la respuesta que damos a los menores trans, como para darles –y darnos– más opciones que las estrechas definiciones de hombre y mujer existentes. Sin duda algo que nos haría más libres y felices a todos. Ya digo, siempre que la discusión fuese seria y no en términos morales. Pero no podemos avanzar porque hoy tenemos que estar defendiendo lo más básico.

Mutaciones del feminismo institucional

No, no es un debate en términos políticos, es un debate que trasluce miedo a los otros, muy en la línea de las representaciones sobre cuestiones de género que genera la extrema derecha para que peleemos contra fantasmas. Pero como como dice la activista trans Marina Sáenz, no son solo discusiones abstractas, sino que tienen consecuencias bien materiales: azuzan los odios existentes y contribuyen a la construcción de climas sociales que agudizan la violencia que sufren personas que ya son extremadamente vulnerables. Igual como sucede con los discursos de la extrema derecha. Precisamente en EEUU Trump ya está armando un entramado normativo para permitir que se discrimine las personas trans. Allí también, un sector del feminismo ha contribuido con sus “debates teóricos” a legitimar ese retroceso legal con argumentos muy parecidos a los que esgrimen aquí. En el marco de ese clima creado desde esta alianza entre el feminismo reaccionario y el trumpismo, los asesinatos de transexuales han aumentado exponencialmente.

El marco más general donde se desarrolla el debate es lo que llaman “el sujeto del feminismo” del que dicen que no puede incluir a trans o personas que cuestionen el binarismo de género. Pero los sujetos políticos no se construyen ni en abstracto ni en la teoría, se construyen en las luchas. Y lo cierto es que los y las trans ya están en nuestras movilizaciones, como están por ejemplo en muchas asambleas del 8M. Sus demandas no compiten con las del feminismo, solo lo hacen más fuerte y más potente. La extrema derecha mundial –que se aglutina bajo la batalla contra la “ideología de género”– lo tiene muy claro: la reacción es simultánea contra los derechos de las mujeres –sexuales y reproductivos fundamentalmente, pero también otros– y los de las personas LGTBIQ –matrimonio, adopciones, Ley de Identidad, etc–. Ellos no hacen distinciones, perciben muy claramente lo conectadas que están estas luchas.

En definitiva, ¿qué feminismo es el que quiere quitar derechos a otras personas? Solo hay una respuesta, es un feminismo reaccionario, uno de mujeres privilegiadas –con sus tribunas, sus posiciones institucionales, sus charlas que utilizan para negar derechos a otras que están peor–. Uno relacionado con la tendencia a hacer política desde identidades cerradas, con una visión de la sexualidad como espacio de peligro para las mujeres que considera que ser mujer es un lugar con ciertos privilegios conquistados que no quieren compartir con otras personas vulnerables. Y por cierto, con posiciones institucionales que tampoco quieren perder en un momento de eclosión feminista donde llegan muchas generaciones nuevas con un feminismo más transgresor. ¿Quién va a representar al feminismo? ¿Quién va a definir sus demandas y a qué intereses de clase va a responder? ¿A los de las más vulnerables o al de las que ya están arriba preocupadas por el techo de cristal. Este debate sobre los derechos trans clarifica mucho las posiciones.

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