Recuperar la memoria histórica de las brujas

Goya

En colaboración con Nerea Fillat / Beatriz García

Publicado originalmente en Ctxt

Mantener relaciones sexuales con el demonio, volar hasta el aquelarre cientos de kilómetros montadas en escobas, malograr cosechas, frotarse el cuerpo con sapos para adquirir poderes, asesinar a niños y echar maldiciones con capacidad de matar. Estas eran algunas de las acusaciones y también las confesiones de miles de mujeres tras horas, días, semanas de torturas. Después de estas confesiones, en muchas ocasiones, les aguardaba la muerte. Unas decenas de miles fueron asesinadas en Europa central –aunque hay discusión y quienes defienden que se llegó a asesinar a más de 100.000– sobre todo entre 1550 a 1650, aunque empezaron un siglo antes y la última procesada lo fue sobre 1750. Hay autoras que dicen que los procesos afectaron a unas 400.000 personas, la mayoría de ellas mujeres.

La figura de la bruja es protagonista de la cultura popular en películas, cuentos, disfraces de Halloween, y forma parte de los museos que se han construido en lugares donde se produjeron los procesos. Hoy, sin embargo, desde el feminismo se reivindica la necesidad de mirar a estas figuras desde otro lado. Primero, como víctimas de una persecución cruel en un proceso histórico que contribuyó a atribuir las tareas domésticas a las mujeres, una violencia con una función de sujeción muy clara que puede ayudar a entender los mecanismos que reproducen hoy la violencia contra las mujeres. De hecho, la caza de brujas no ha terminado, actualmente se siguen matando mujeres por esta cuestión en algunos países de África, en India o en Papúa Nueva Guinea. Para entender estas cuestiones este mes de marzo se celebra en Pamplona el I Encuentro Feminista sobre la caza de Brujas organizado por Traficantes de SueñosKatakrak y la Fundación de los Comunes. Que se celebre en Navarra también es significativo ya que allí se produjo uno de los procesos más amplios del país, donde, según el informe del inquisidor Salazar, confesaron ser brujas 1.802 personas –de las que 1.380 eran niños menores de 14 años–. Aunque en realidad, la gran caza de brujas no tuvo lugar en España, sino que fue llevada adelante por los poderes civiles y autoridades protestantes de centroeuropa fundamentalmente.

Estas jornadas parten de un manifiesto en el que se insta a las autoridades y las organizaciones feministas a visibilizar y profundizar en un tema que provocó una matanza que ha recibido escasa atención, sobre todo en lo que respecta a indagar en sus causas. Estas tampoco aparecen como relevantes en los “lugares de memoria” como pueden ser Zugarramundi –Navarra– o Sara –en el País Vasco francés donde no se explica qué produjo la persecución ni sus consecuencias. Quien mejor ha indagado en las causas ha sido la propia Silvia Federici, una de las promotoras del evento. En su libro Calibán y la bruja (Traficantes de Sueños) explica cómo este fenómeno está relacionado con el surgimiento del capitalismo, cuando para conseguir sujetar a un salario a la gran masa de campesinos se les despojó de los recursos comunes que les permitían vivir con cierto grado de autonomía. Para llevar adelante este proceso de desposesión, hizo falta una violencia brutal, la misma que, en otro movimiento, forzó a las mujeres a ocuparse de los trabajos del hogar. Es decir, a reproducir esa nueva fuerza de trabajo forzosa como mandato “natural” no asalariado. 

La construcción de la figura de la bruja –equiparable hoy a la construcción de la del “terrorista”– fue funcional al control social de las mujeres. Sobre todo de aquellas que procedían de los niveles más bajos de la sociedad –las pobres, las marginadas–; aquellas que vivían solas –la mayoría de acusadas eran mujeres solteras o viudas–; o que retaban al orden con sus conocimientos tradicionales sobre el control de la natalidad, su independencia o su sexualidad. Como explicaba Silvia Federici en una entrevista para CTXT: “La prostituta ha sido fundamental en la construcción de la imagen de la bruja. La mujer que pide dinero por sus servicios sexuales, la mujer que pide dinero por la reproducción es la más mala, es la sirvienta del demonio. Esto es muy eficaz para disciplinar a todas las mujeres. Si eres mujer no tienes acceso al trabajo asalariado que es masculino, pero te queda el matrimonio donde el sexo no se puede cobrar pero forma parte del pacto…”. 

La caza de brujas fue una lucha también contra la cultura popular de la época que se expresaba en supersticiones o prácticas mágicas. Los casos de persecución aumentaban en los momentos de desesperación, de depresión económica y social como las guerras o las epidemias. Las acusaciones de brujería –que a menudo eran el origen del proceso–, se producían también al desmoronarse una ética tradicional de solidaridad vecinal asociada a un mundo que iba desapareciendo en Europa con el inicio de la modernidad. El capitalismo implicó también la decadencia de las prácticas de ayuda mutua que sostenían a las comunidades y que se producían a partir de las tierras y los recursos comunes, aquellas que iban dejando de serlo en un proceso que Marx describió como de “acumulación originaria” y que permitió el despegue del nuevo sistema económico. El resentimiento, los celos y la desconfianza que sustituyeron a estas prácticas de solidaridad, dieron origen a las acusaciones y contribuyeron a debilitar aún más los lazos sociales.

Precisamente, estos son los motivos a los que Silvia Federici atribuye el resurgimiento de la caza de brujas en varios lugares del planeta que fueron atravesados por los planes de ajuste estructurales del FMI y el Banco Mundial durante la década de los 80 y 90. Lugares que fueron arrasados por el proceso de globalización neoliberal como Sudáfrica, Mozambique Tanzania, Zambia, Nigeria, Zaire, Kenia o Uganda han sido escenario de nuevas persecuciones. En Ghana por ejemplo, donde hoy miles de mujeres viven aisladas en campos para no ser asesinadas por brujas, muchas comunidades han sido expulsadas de las tierras comunales por las compañías mineras, de agrocombustibles o de negocios agrícolas. Precisamente, este proceso tiene similitudes con el que se produjo en Europa en los siglos XVI y XVII. Aquí también se fracturan las comunidades por el impacto psicológico que provocan el empobrecimiento generalizado, la falta de asistencia pública, y la reducción del acceso a la tierra, explica Federici, a lo que se suma la llegada masiva de las sectas fundamentalistas cristianas.

Las nietas de las brujas que no pudisteis quemar

Las jornadas que se celebrarán en Pamplona quieren profundizar en estas causas para “no repetir el pasado”, como dice su manifiesto. Pero también quieren discutir con la historiografía existente y sus formas de representación del acontecimiento. Este fenómeno siempre se ha narrado desde la perspectiva inquisitorial de quienes perseguían y ejecutaban. Los relatos disponibles han utilizado a las mujeres como objeto y nunca se han narrado desde el punto de vista de las mujeres que sufrieron esta persecución ni han utilizado sus voces. Por tanto, este encuentro quiere construir también una historia feminista para articular desde la memoria, una suerte de justicia. Como dice Federici, “en cierto modo, nosotras somos la voz de estas mujeres que fueron torturadas, quemadas, a quienes les robaron la voz de la garganta y nos han privado de sus historias”.

De hecho, en la mayoría de los lugares donde hubo caza de brujas en nuestro país –sobre todo País Vasco, Cataluña y Aragón– o hay una museografía insuficiente, o bien no hay recuerdo alguno, o incluso se ha convertido en motivo de ferias, bailes y fiestas que toman las “brujas” en su acepción mitológica o folclórica y obvian la sangrienta historia subyacente. Por eso, el encuentro también propone la formación de grupos locales; que sean “las nietas” de las mujeres que fueron quemadas, quienes investiguen la caza de brujas histórica en cada lugar y analicen la representación de su memoria para que estos hechos sean recordados con el respeto que merecen las mujeres perseguidas. Hoy, recuperar esta memoria también puede servir para reflexionar sobre las causas profundas de la violencia contra las mujeres, que en un momento estuvo asociada a la construcción de la imagen de peligro fijada en la figura deshumanizada de la bruja. Una historia feminista, una memoria feminista ha de ser capaz de recuperar la historias de esas mujeres cuyo sufrimiento contribuyó a la destrucción de nuestro poder social y a nuestra desvalorización como sujetos, para que en ese camino de reescritura podamos configurar un futuro donde ninguna mujer más tenga que pagar con su dolor ninguna posición de subordinación.

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