Las oficinas en Kiev de la entidad LGTBIQ Nash Mir, destrozadas tras un asalto el pasado 1 de marzo. Autor: RemyBonny

Publicado originalmente en ctxt.es

“Si la guerra hubiese sido un año antes no podría haber salido del país. No tendría recursos para cuidarme a mí mismx porque en esa época me sentía muy mal, tenía problemas de salud mental. Hoy la guerra me ha enseñado que todo lo que tengo es mi cuerpo y mi vida. No necesito cosas materiales”. Eso cuenta August, activista LGTBIQ de 21 años de género no binario –no se identifica plenamente con ninguno de los dos– que en los primeros días de la guerra consiguió salir de Ucrania y refugiarse en Polonia. Atrás deja a sus padres y amigos y la promesa de enviarles dinero y ayudarles a dejar el país si consideran que ha llegado el momento.

Entre el más de millón y medio de refugiados que han huido de la guerra desde que Rusia invadió el país el 24 de febrero se encuentran muchas personas LGTBIQ que “tienen miedo por la invasión rusa”, como explica Olena Shevchenko, de la ONG Insight. Esta organización ayuda a evacuarlas desde el oeste del país, donde la invasión avanza, y les facilita llegar a los países fronterizos. “Sabemos cómo fue para las personas LGBTQI+ hace ocho años cuando empezó la guerra y la ocupación de Donbass y Crimea, cuando muchas personas de comunidades LGBTQI+ fueron torturadas y violadas”, dice Shevchenko. Esto llevó a su organización a abrir refugios para los que huían de las zonas de guerra, que operaron desde el 2014 hasta el 2019. “En nuestro país, como vemos en otros conflictos en todo el mundo, en Afganistán o Siria, las personas LGTBI y otros grupos marginados se enfrentan a una especial vulnerabilidad”, señala Shevchenko. Un informe de 2021 del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados lo corrobora: los conflictos armados empeoran la situación de muchas poblaciones perseguidas y aumentan la probabilidad de que se vean expuestas a abusos, violencia o detenciones arbitrarias por parte de las fuerzas de seguridad. Si antes de la guerra ya se producían numerosos ataques contra estas personas, hoy el caos y las armas las convierten en blancos fáciles tanto de los invasores como de los grupos ultraderechistas que se hacen fuertes en la contienda incluso como parte del ejército. Como ejemplo, aunque hay muchos, el 1 de marzo algunos hombres armados irrumpieron en las oficinas de la entidad LGTBIQ Nash Mir, y agredieron a los activistas que se refugiaban allí.

“También es un momento muy difícil para las personas trans”, dice August, que teme por las compañeras de esta comunidad que empezaron la transición pero que no pudieron completar el proceso. En Ucrania hace falta un diagnóstico médico y un proceso largo para poder cambiarse el sexo en el DNI. Esto puede causarles problemas en la frontera, porque sus papeles las identifican como hombres y estos tienen prohibido salir del país porque se les obliga a luchar en la contienda. Además, las personas trans ya sufrían violencia antes de la guerra. Hoy el escenario bélico las convierte en objetivo y facilita la impunidad de los agresores. August también explica que muchas de sus compañeras feministas o activistas LGTBIQ no han podido o querido marcharse y que se están uniendo al Comité de Resistencia, una unidad de voluntarios anarquistas bajo el mando del ejército.

Hoy ni August ni Shevchenko quieren pensar en qué puede pasar después de la guerra. En medio de la contienda se impone el día a día: cómo sobrevivir y cómo ayudar a los que se encuentran en el país. Pero sea cual sea el resultado, el escenario no parece esperanzador. Según el especialista en extremas derechas, Pep Anton Ginestà, tanto el Maidán como la anterior fase de la guerra en el Donbass empoderó a los grupos neonazis –antirrusos–, algo que podría suceder de nuevo al acabar esta. Uno de los grandes problemas que enfrenta Ucrania es un creciente movimiento político de extrema derecha y la gran proliferación de grupos neonazis en el país, como señala el medio judío Jewish Unpacked. Estos grupos, aunque llegaron a tener más de treinta parlamentarios e importantes roles en el gobierno, hoy sin embargo solo tienen un diputado a través de una coalición de extrema derecha que aglutina a los ultras de Svoboda, los National Corps y otros partidos similares.

Sin embargo, en la calle sí tienen presencia y se han dedicado a atacar a grupos de izquierdas, minorías como los romaníes y a perseguir y agredir a las personas LGTBIQ o a tratar de impedir sus manifestaciones. La última protesta del Orgullo Gay de 2021, en la que participaron miles de personas, estuvo rodeada por la policía para impedir la violencia ultra. En esto sí se muestran los avances, ya que en la primera del 2013 apenas participaron cincuenta personas que tuvieron que enfrentarse a la violencia ultra. “La realidad de Ucrania es que cualquier persona que simplemente decide participar en un evento feminista o LGBTI pone su seguridad en peligro. Grupos locales de extrema derecha que se definen como patrióticos y nacionalistas interrumpen los debates públicos, amenazan a periodistas y atacan a quienes participan en acciones públicas. Y lo hacen con impunidad casi total”, según un comunicado de Amnistía internacional del 2018.

Hoy en Ucrania no se quiere hablar de la extrema derecha local para no alimentar la propaganda del Kremlin

El Estado ucraniano ha sido acusado de ser tolerante con los grupos de extrema derecha –que tienen tras de sí importantes violaciones de derechos humanos– a cambio de su esfuerzo militar. Sin embargo es evidente que son un socio incómodo para el Gobierno y que ha realizado esfuerzos para restarles algo de su poder aunque no sean fácil de confrontar en contexto bélico. Según Ginestà, más que en la política institucional la fuerza de estos grupos se expresa en la calle como movimientos sociales –tienen gimnasios, restaurantes, etc.– y también en el ejército, donde tienen sus regimientos propios, como el Azov, que empezó como grupo paramilitar de voluntarios y acabó integrado bajo el mando estatal. Actualmente, estos grupos están reclutando combatientes extranjeros voluntarios provenientes de las extremas derechas europeas y estadounidenses, como demuestra este informe de Oleksiy Kuzmenko. Además, este mismo investigador advierte de que estos regimientos pueden tener su propia agenda, no completamente alineada con la del Gobierno. Por su parte, Ginestà se pregunta: “¿Qué pasará con estos movimientos cuando acabe la guerra y estén más legitimados y posean más armas? ¿Qué efectos tendrán sobre la comunidad LGTBIQ y otras minorías? Es muy posible que después de la contienda estos movimientos ultranacionalistas tengan mayor legitimidad y aceptación social por su esfuerzo bélico”.

Hoy en Ucrania no se quiere hablar de la extrema derecha local para no alimentar la propaganda del Kremlin, que trata de justificar la invasión diciendo que quieren “desnazificar” el país, aunque en realidad la contienda tiene visos de darles más fuerza: a estos grupos les están llegando armas que provienen de la OTAN, además de fondos que les llegan a través de sus contrapartes europeas. Además, aunque en este momento su nacionalismo y su estrategia de seguridad nacional puedan alejarle de estos grupos ultras, Putin está apoyando el universo ideológico que les da cobijo, alimentando a todos los neotradicionalistas de Europa del Este, muchos de ellos ultraderechistas. La desnazificación es propaganda, pero, como dice el analista Michael Colborne, “fingir que la extrema derecha no supone un problema no hará que desaparezca, solo empeorará la situación”.

Atrapados en la guerra de valores

En Ucrania hay movimientos sociales nazis que persiguen a las personas LGBTIQ, pero el presidente Volodímir Zelenski y el Gobierno apoyan oficialmente sus derechos y han dado pasos en esa dirección. De hecho, han hecho bandera de estos valores liberales como parte de su apuesta por la integración en la Unión Europea. Mientras, Putin ha hecho de la guerra de valores la punta de lanza de su estrategia intervencionista en la región, precisamente contra los valores que dice foráneos e impuestos por la UE –el aborto, el feminismo y los derechos LGBTIQ–.

En Rusia es desde las instituciones desde donde se ataca a las personas LGTBIQ –y los derechos de las mujeres–. En este país existe una ley “contra la propaganda homosexual” del año 2013 y algunas formas de violencia machista en la pareja han sido despenalizadas. La ONG Freedom House dice, en un informe del 2019, que en Rusia “las personas LGBT+ están sujetas a una discriminación considerable, que ha empeorado en la última década”. Mientras, la región de Chechenia se ha hecho famosa por las desapariciones, torturas y asesinatos de personas LGTBIQ, según el organismo de derechos humanos Human Right Watch.

De manera que la actividad de los grupos antigénero en Ucrania –en “defensa de la familia”– hace parte también de una estrategia ideológica apoyada por Rusia para intervenir en el escenario de guerra: los ucranianos no tienen nada que ver con la UE sino con Rusia, con la que comparten valores. Así, una de las narrativas presentes dice que “la política de género es una amenaza para la seguridad nacional” o “la familia fuerte es la base de la seguridad nacional”, como explica el Fondo de las Mujeres de Ucrania.

Estos activistas temen que si Rusia gana la guerra y Putin consigue poner a un presidente títere, su aceptación social y sus derechos retrocedan

Este escenario ideológico busca la radicalización de la sociedad en torno a estas guerras de valores. De esta manera, aunque las personas LGBTIQ y el feminismo progresen en aceptación, sobre todo en los jóvenes, otros segmentos sociales se movilizan activamente en su contra. Cuando los derechos e incluso la propia existencia de las personas LGTBIQ se convierten en arma en una guerra cultural, se pierden posiciones conquistadas porque la sociedad se polariza. Por eso, el escenario no es nada halagüeño para las activistas y personas LGBTIQ que se encuentran atrapadas entre los neonazis antirrusos de su país –fortalecidos por la guerra–, los elementos ultraderechistas prorrusos –como la Iglesia Ortodoxa rusa que tiene presencia en Ucrania– y otros movimientos sociales antiderechos. Además de enfrentarse a la homofobia de Putin y su ejército. Estos activistas también temen que si Rusia gana la guerra y Putin consigue poner a un presidente títere, su aceptación social y sus derechos retrocedan.

Sin embargo, como explican August y Shevchenko, es difícil imaginar el futuro cuando existen tantas urgencias hoy, como seguir ayudando a los que permanecen en Ucrania y a los que quieren salir de allí. “Quizás al acabar la guerra tendremos menos libertad para las personas LGBTQ+ o las mujeres, pero no puedo pensar en estas cosas ahora, sino en la posibilidad de que haya otra guerra mundial o en que mis amigos y mi familia consigan sobrevivir. Si sobrevivimos, podremos seguir luchando por nuestros derechos”, dice August.