Publicado originalmente en catalán en el Ara el 12/11/2022

Adolfo Lujan. Miles de personas reivindican en Madrid un Orgullo Crítico. 2018.

La propuesta de eliminar los requisitos médicos para reconocer la identidad de las personas trans fue un proyecto que el propio PSOE presentó en la pasada legislatura con un contenido básicamente idéntico. Esta ley que no se llegó a aprobar contó con el apoyo de todo el partido, también de algunas socialistas que hoy se le oponen fieramente, e incluso contó con el aval del PP. De hecho, existen normas parecidas en once comunidades autónomas de todo signo político. Hoy, sin embargo, la aprobación de la Ley Trans que impulsa el Ministerio de Igualdad está en peligro. ¿Qué ha pasado?

En este ínterin se ha producido una guerra cultural de alto voltaje iniciada por el sector del “feminismo histórico” del PSOE. Nombres como Amelia Valcárcel, Alicia Miyares o Ángeles Álvarez comenzaron esta campaña en el 2019 cuando la autodeterminación de género no era un preocupación social. Lanzaban así una guerra contra Podemos e Irene Montero, a la que ven como usurpadora del Ministerio de Igualdad y de paso, contra el feminismo de base alineado con los derechos trans. Además, este sector había apoyado a Susana Díaz en las primarias del partido del 2017 en el que salió elegido Pedro Sánchez. De un día para otro se quedaron sin cargos, sin poder y sin dinero para engrasar su red clientelar. Necesitaban instalarse simbólicamente otra vez como el “verdadero feminismo” para tratar de recuperar sus posiciones de gobierno en la próxima legislatura. Las luchas de poder en los partidos siempre se disfrazan con contenidos ideológicos. Así, los derechos trans, que nunca les habían preocupado especialmente, de pronto se convirtieron en un peligro esencial para “las mujeres” a las que dicen representar y en nombre de las cuales hablan.

Fueron pues las iniciadoras de una guerra cultural que se basa en estimular pánicos morales y sexuales. Saben que funcionan. Son los mismos que usan las extremas derechas y los fundamentalismos cristianos desde Orban hasta Bolsonaro, pasando por los ultras neopentecostales o la derecha religiosa estadounidense. Sus formas polarizadas, sus argumentaciones falaces, sus agresiones personales han estado presentes en todo estos debates. Recordemos: las mujeres trans que acechan en los baños o los vestuarios para violarnos y a las que incluso se ha tratado de asociar con la pederastia. Las líderes socialistas aparecen como la “cara amable” de esta batalla, sus argumentos son más sutiles e inteligentes, pero saben utilizar bien el contexto de guerra cultural, y a unas bases muy movilizadas que se han agrupado en la campaña Contra el borrado de las mujeres.

Desde luego, que haya personas que tengan dudas sobre la ley y quieran discutirla es totalmente legítimo. Hay muchas cuestiones complejas relacionadas con la cuestión trans que merecerían poder ser debatidas, pero la forma en la que se ha producido esta campaña ha imposibilitado cualquier intercambio. Si solo hay dos bandos parece que no se puede complejizar ni reflexionar, solo tomar partido.

Excitar la rabia o el miedo apelando a una identidad supuestamente en peligro es fácil. Así, en nombre del feminismo se ha legitimado esta guerra cultural cuyas principales víctimas son las personas trans. Han instalado un discurso de odio en medio de un movimiento social que se supone emancipador. Ha sido extremadamente fácil señalar a un grupo social vulnerable, deshumanizarlo y convertirlo en el “otro”. Porque más allá de la aprobación de la ley, que es importante, se ha estado alimentando un discurso que tiene consecuencias muy cotidianas en la percepción social de estas personas, que contribuye a su marginación o que puede incrementar las agresiones que ya reciben.

Pero los daños colaterales no han sido únicamente las personas trans, también se ha resentido el feminismo como movimiento. Ya no tiene esa imagen de unidad y de espacio amable y progresista. Puede que esta no sea la causa principal de su declive, pero está claro que no estamos en un momento álgido de movilización como hace un par de años.

Que una campaña de odio de este tipo que intersecta con una lucha por el poder partidario pueda transformar el paisaje político y frenar el avance en derechos constituye una clara lección política para el futuro. Quizás pueda darnos pistas de qué consecuencias puede tener la emergencia de la extrema derecha, experta en manejar estas guerras de valores. Hoy parece suficiente con poner dinero, unos cuantos bots en redes y algunas portavoces que den una pátina institucional al debate para frenar la lucha por los avances sociales.