Trump: del conflicto de clase a las guerras culturales

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Fotografía Gage Skidmore

Publicado originalmente en CTXT

Las campañas de Trump y del Brexit –y sus imprevistas victorias– han supuesto una buena sacudida. Actos de campaña espectaculares, mentiras evidentes y provocaciones. Racismo. El Brexit ha sido tan inesperado que nadie había pensado un plan de mínimos para llevarlo a cabo. Respecto a Trump, todavía nos estamos preguntando si responde a eso que Alain Brossat llama un “teatro de guerra civil” que serviría para neutralizar el conflicto en estas “democracias culturales” en que se han convertido los regímenes parlamentarios en crisis; o si por el contrario detrás del nacionalismo blanco alt-right de padrinos como Pat Buchanan o Stephen Bannon, simplemente se encuentra una versión estadounidense del fascismo.

Probablemente hay un poco de todo eso aunque la distinción es interesante para pensar cuál es la diferencia respecto a los años 20 y 30 del pasado siglo en la manera en que las políticas de la identidad se ponen en juego hoy en un mundo globalizado pero inmerso en una profunda crisis económica. En cualquier caso, tendremos que admitir que hoy no hay política sin “guerras culturales” o que éstas son la arena en la que se desenvuelve la política contemporánea. ¿Pero qué quieren decir, sobre qué mutaciones sociales se sostienen?

En ¿Qué pasa con Kansas? (Acuarela, 2008), Thomas Frank interpreta la emergencia de las guerras culturales en el marco del fin del trabajo clásico –fordista, industrial, seguro, capaz de dotar de identidad y estabilidad a los trabajadores–. Este proceso estuvo acompañado de la derrota de los sindicatos y de la lucha de clases como eje central de la política. Los partidos socialdemócratas, el ala izquierda del sistema parlamentario renunció también a estas batallas. El teórico de la tercera vía laborista Anthony Giddens hablará de un cambio cultural y generacional tras la caída del muro de Berlín, pero también de que una buena parte de la población había dejado de votar –los trabajadores de cuello azul– y permanecían ajenos al proceso político. Por tanto, los partidos socialdemócratas ya no tenían un bloque de clase al que responder, la batalla política tendría que jugarse no entre izquierda y derecha en un sentido clásico –socialismo vs. capitalismo–, sino sobre la confrontación de los valores modernos y tradicionalistas.

Los partidos “a la izquierda” pondrán el foco entonces en las políticas de la identidad, de inclusión para las minorías: aborto, matrimonio homosexual, etc. En los “conflictos postsocialistas”, como los llama la teórica feminista Nancy Fraser, la dominación cultural reemplazará a la explotación como injusticia fundamental. Y el reconocimiento cultural desplazará a la redistribución socioeconómica como remedio a la injusticia y principal objetivo de la lucha política. Al fin y al cabo, las posiciones de los principales partidos respecto a las cuestiones económicas serán similares. Los socialdemócratas abrazarán el neoliberalismo en la constatación práctica de una derrota. Los parlamentos se teatralizarán. Las cuestiones culturales serán entonces la principal vía de diferenciación entre opciones políticas.

Lo que quizás Giddens y los laboristas no fueron capaces de prever fueron las consecuencias. Ante la pérdida de las certezas vitales a las que somete el fin del trabajo y del pacto del Estado del bienestar, la desestructuración de la cultura obrera y el individualismo radical impuesto por el neoliberalismo que arrasa con todo lazo social no monetario, los “perdedores de la globalización” iban a arrojarse fácilmente en los brazos de los valores tradicionales, espacios ilusorios de comunidad. Los que ya no votaban y que por tanto ya no era necesario representar, acabarían emergiendo otra vez en los espacios de representación de maneras monstruosas para los liberales de todo signo. La campaña racista del Brexit sólo fue un escalón más.

Los ‘neocon’ y la América real

La aparición de las guerras culturales, por tanto, no será sino una hábil reacción a este decretado “fin de la historia”. Los que mejor sabrán encarnar esos valores tradicionales serán, según explica Frank, los neocon estadounidenses –una fracción pequeña pero muy poderosa de los republicanos–, maestros en explotar el malestar social que genera el capitalismo. Su estrategia será la más agresiva, la más descarnada y brutal. Las diferencias quedarán fijadas en los valores “culturales”, de carácter moral: batallas por enseñar el creacionismo en las escuelas o por las armas de fuego, en una simplificación y manipulación de las diferencias de clase. La “gente trabajadora y corriente” del interior, sencilla y auténtica, la América real –representada por los republicanos– contra la “élite arrogante que se cree moralmente superior” y que quiere imponer sus destructores valores como el aborto –los demócratas–. El resentimiento de clase, entonces, se podría instrumentalizar hábilmente en apoyo de un proyecto político que en realidad también está al servicio de los intereses materiales de las élites, solo que de diferente establishment. La guerra cultural es una guerra de clase, pero desplazada.

Los partidos “a la izquierda” pondrán el foco entonces en las políticas de la identidad, de inclusión para las minorías: aborto, matrimonio homosexual, etcétera

Trump se proyectó sobre estas lecciones. Él constituye el ejemplo perfecto de multimillonario que dice representar los intereses de los trabajadores. Pero en las guerras culturales la verdad no importa, de lo que se trata es de controlar el sentido del malestar. Y eso lo hace muy bien el nuevo presidente de los EEUU, transformar el conflicto social surgido con la crisis en conflicto cultural, en conflicto identitario. En realidad, nada muy alejado de lo que hacen los nacionalismos clásicos, algo que se está poniendo en juego también en Europa. Se huele el peligro. La historia parece volver. La diferencia con el fascismo –además de que este respondía a una condiciones históricas concretas– es que encuadraba a la sociedad, organizaba más allá de los discursos mediáticos.

Es poco probable que ese tipo de fascismo pueda volver tras las profundas transformaciones que se han producido en estos casi cien años. Tampoco parece fácil reconstruir una contraparte como la que representaban las organizaciones obreras de la época. Si ahora es posible teatralizar las diferencias de clase en guerras culturales es porque la clase trabajadora ha perdido su propia cultura –cultura, entendida como modo de vida alternativo y espacio de oposición–, un sistema de valores distinto que permitía resistir y en el que se gestaron las luchas y las organizaciones obreras desde el s. XIX. Ya lo advirtió Pasolini que en los 70 dijo que lo que entonces sucedía –el fin de los modos de vida campesinos, la urbanización salvaje, la uniformización que proponían los medios– destruía las condiciones de posibilidad de la transformación social, cada vez era más difícil para los trabajadores imaginar un mundo diferente.

Pero entonces, ¿qué hacer con las guerras culturales hoy? La respuesta de Frank en su libro de hace diez años fue “politizar la economía” y hablar de los intereses materiales en primer lugar. Pero el guante, en vez de recogerlo la maltrecha izquierda que él decía que había que reconstruir sobre esos parámetros, fue recogido por un republicano heterodoxo en otra pirueta de la historia. Así, en la campaña de Trump no solo estuvo presente el racismo, también la oposición al libre comercio que es lo que verdaderamente asusta al establishment de Washington. En eso se tocaba con las propuestas de Bernie Sanders, el único contendiente demócrata que podría haber estado a la altura de Trump en esta contienda electoral y el único que conseguía encarnar las protestas de Occupy Wall Street. Porque si el reto es reconstruir un horizonte perdido de emancipación que estuvo encarnado por el socialismo, no bastarán los medios de comunicación ni los grandes relatos. Romper con la extrema vulnerabilidad de los perdedores de la globalización solo podrá realizarse sobre algún tipo de movilización capaz de reconstruir el lazo social por abajo. Así como redes de ayuda mutua que permitan articular una nueva cultura de clase que sirva como base y defensa de las propuestas de esa “nueva izquierda”.

 

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