Una batalla por nuestras vidas: cómo resituarse tras el 25M

Publicado originalmente en el Diagonal el 2/6/2014

Muchos amanecimos felices tras las elecciones europeas. El café de la mañana sabe mejor en un país donde la austeridad –aparte de pérdida de derechos y sufrimientos– ha provocado una sacudida del sistema político. El bipartidismo se cuartea.

La mayoría absoluta que obtuvo el PP tan sólo medio año después de la explosión del 15M parecía ir contra la lógica de la revuelta. Parecía también que la gestión neoliberal de la crisis iba a pasar sin consecuencias más allá del consabido relevo entre partidos. Partida de ping pong disfrazada de democracia. Mecanismo de gobierno del cuerpo social inquieto tan viejo como la Transición.

Aunque había un rumor de fondo, la estabilidad provocada por la holgada mayoría del PP; la disciplina que ata a los grupos parlamentarios en España y la campaña bipartidista de los grandes medios de comunicación de los últimos meses habían generado el espejismo de la invulnerabilidad del régimen. Nada iba a cambiar. El techo de cristal de los movimientos ciudadanos estaba para quedarse.

Grietas

O no. Tras las europeas la partida es otra. El desempleo, la pobreza, la exclusión, la precariedad, –el dolor social– están socavando el régimen político. No hay sistema de partidos que aguante la imposición deliberada y continuada de medidas recesivas que estrangulen a su población. Sea cual sea el diagnóstico sobre la pervivencia o el significado del 15M, a tres años de su eclosión es indiscutible ya que ha condicionado la expresión de esta crisis del sistema político. Otros ciclos insurreccionales europeos –como el Mayo del 68– fueron mucho más breves y casi inmediatamente dejaron un aroma a derrota. No es el caso. No lo es por la sorprendente irrupción de una formación tan atípica como Podemos –cuarta fuerza nacional en menos de cuatro meses–. Los partidos “antirégimen” –Primavera Europea, Podemos y PartidoX– suman más de un millón seiscientos mil votos. Es algo.

Haría falta un análisis pormenorizado de los resultados para explicar quiénes han capitalizado el desplome del PSOE –o sus distintos segmentos–. Pero a simple vista parece que Podemos ha captado voto de feudos tradicionalmente de izquierdas: ha obtenido más apoyo en el cinturón de Madrid o la periferia de Barcelona que en los centros de esas ciudades. Antes de las elecciones era fácil criticar el estilo de Podemos por demasiado izquierdista, su patriotismo, su liderazgo fuerte y de raigambre mediática. Características todas calcadas, o más bien traducidas de las revoluciones progresistas latinoamericanas –incluidos los círculos–. Hoy, parece que sus hipótesis se confirman sobre todo en su aspecto más sorprendente: la posibilidad de articulación de distintos sujetos políticos rescatados para el voto ilusionante: incluidos nuevos pobres, jóvenes sin perspectivas, desempleados, quizás bastantes abstencionistas. Otros, que con toda probabilidad, no se hubiesen planteado nunca votar nada que no fuese socialista. IU no hubiese podido captar estos votos. Es más, es posible que haya tocado techo a menos de que haga creíble que ha dejado de ser ella misma –corrupta, poco democrática y escasamente fiable a pesar de sus bases que son otra cosa–. Esperemos que se hayan dado cuenta.

¿Vamos ganando?

Cualquier apuesta que se quiera ganadora debe abandonar la altanería de los códigos y canales con los que la izquierda ha construido tradicionalmente su zona de confort. Podemos nos ha dado una lección, pero todavía puede instalarse en una cómoda o anodina oposición, un partido más dedicado a su propia autoreproducción. O lo que sería una mejor muerte: un ilusionante experimento de base que se queme en disputas internas sobre el significado de la democracia interna. Tampoco es éste un problema fácil.

Pero nos estamos jugando mucho.

No está escrito que la degradación del sistema de partidos esté a salvo de una deriva más preocupante, más a la derecha. Si no desbloqueamos el conflicto vertical –los de abajo contra los de arriba– se impondrá el horizontal –entre naciones, contra los migrantes– como en tantos países que no tuvieron 15M. Esta no es una batalla por la consolidación de los espacios políticos preferidos de cada cual. Es una batalla por nuestras vidas.

Visto así no parece fácil. No basta ir a elecciones con la ensalada de siglas y luego pactar. Esa opción no será capaz de producir mayorías ni políticas rompedoras. El problema del frentepopulismo es un problema de organización. Es necesario pensar otras formas de componer fuerzas electorales desde la generosidad, arriesgándose, dejando fuera los aparatos y apostando por las partes más móviles de los viejos partidos. La suma de fuerzas tiene que incluir también a los movimientos sociales –que no han de abandonar la movilización ni suspender su capacidad crítica– pero sí encontrar la manera de articularse con un frente de este tipo, tirar de él, impedir que sea absorbido por la lógica institucional. Tener la calle es imprescindible para cualquier cambio de calado que se impulse desde las instituciones.

Porque no se trata de atravesar el impasse con remiendos de políticas progresistas. Varios de los portavoces de Podemos lo tienen claro y han expresado estos días la necesidad de frentes amplios como se produjo en Latinoamérica, con capacidad de liderar un proceso constituyente que permita una transformación más profunda. Y que tenga la fuerza para impulsar esta transformación más allá de las fronteras nacionales. Una palanca para una nueva Europa, una Europa nuestra, pensada desde abajo a partir de la alianza de los países del sur.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s